La crítica aclama los cuentos de Adela Fernández
Los personajes de Adela Fernández están plenos de emociones, sentimientos y ambivalencias psicológicas. La adversidad, más que circunstancial, es una afrenta directa y fatal contra la fragilidad del individuo. Me sorprende como los lleva a la catarsis. Sus finales insólitos me quitan el aliento.
-- OFELIA MEDINA (Actriz, directora de teatro)
En Coyoacán, a Adelita, hija de Emilio “Indio” Fernández, se le dio el mote de “la niña cautiva”. Celada por su padre dio motivo a murmuraciones compasivas y fantasiosas. Cierto es que Adela fue sometida a servir a genios, divas y multitudes de invitados en aquellas célebres fiestas del Indio, y que cuando él salía a filmar fuera de México también vivió largas temporadas recluida en la Fortaleza del cineasta, sola, acaso cuidada por sirvientes. . . Fue tanto lo que imaginó en la soledad de su niñez, fueron tantas las leyendas que escuchó de sus nanas, tantos los temperamentos que observó en personalidades impetuosas, y tantas fueron las revelaciones del mundo mítico y mágico que aprendió como arqueóloga y antropóloga, que no debe sorprendernos que sus cuentos tengan la mezcla de lo fantástico y lo real abrasivo. Hay en ellos mucho de infierno y de alas y una peculiar concepción de las emociones y de la conducta humana.
LUIS EVERAERT DUBERNARD
Ensayista y cronista de Coyoacán,
En los cuentos de Adela Fernández está presente la prosa poética, ese lenguaje que profundiza y eleva, rasga, hiere, sangra, y en ocasiones purifica. Sus palabras son saetas; la construcción de sus relatos no se derrumba y es demoledora para el lector sensible
--ELSA CROSS Premio en poesía Xavier Villaurrutia, 2008
Aún caben sorpresas agradables en el mundo. Por ejemplo, abrir un libro llamado Duermevelas, del que nada se sabe, leerlo y quedar agradecido de lo allí encontrado. . . Los cuentos exigen un sentido de la unidad muy preciso. Consigue esto Adela Fernández mediante estructuras anecdóticas ceñidas a lo indispensable: sólo entregar al lector los datos imprescindibles, sin digresión alguna.
Mezclado al mundo convencional vive el mundo de lo mágico; el primero obedece al segundo, pero es un acatamiento lleno de agresividad. . .
Como toda literatura fantástica o de valía, los cuentos de Adela Fernández aprovechan la herramienta de lo insólito para enfrentarnos a ciertos estratos de nuestra conducta, sea social o venga del inconsciente, que revelan facetas del ser humano dignas de explorar.
FEDERICO PATAN
Periódico “Uno más Uno”.
Su temática tiende a urdir episodios estremecedores o singulares -ya realistas o imaginativos- en los cuales la enajenación es casi siempre desemboque de seres en colisión con sus circunstancias, que tratan de evadir resbalando hacia otras que les abren el camino de la locura o el desajuste irremediable con su medio . . Relatos bien conducidos en cuanto a la concisión que exige el género, y con un lenguaje a la medida de los personajes, virtudes ellas que justifican ubicar a Adela Fernández como una de las más interesantes cuentistas mexicanas.
--CUENTOS MEXICANOS IMBORRABLES-
ANTOLOGÍA (Septiembre 1993) Selección y comentarios de EDMUNDO VALADÉZ (Escritor y creador de la revista EL CUENTO)
He aquí un manojo de cuentos de Adela Fernández en contra de la aberración, de lo injusto tanto en lo social como en lo individual psicológico. Libro que tienta buscando vericuetos que hallar e iluminar. Escritura donde prima la pasión y quizá por eso una descollante fuerza dramática.
--Reseña de Felix Luis Viera, Vago espinazo de la noche
El lenguaje de la autora fluye claro y directo y siempre nos conmueve, aún en las puestas en escena truculentas o hinchadas de fatalidad, de esa fatalidad que abruma a sus personajes niños, espíritus que despiertan con extrañamiento a un mundo agobiado por la culpa y el castigo; niños condenados por la vida insatisfecha de quienes no han encontrado el profundo sentido de la existencia.
-- Ricardo Diazmuñoz
2- Introducción al libro de Sonia Rivera Valdés
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Introducción al libro de Sonia Rivera Valdés
En este volumen aparecen juntos por primera vez Duermevelas y Vago espinazo de la noche, los dos libros de cuentos de Adela Fernández. Además, la Editorial Campana ha tenido el acierto de incluir “Truncadora y tornadiza”, relato perteneciente a una colección inédita de esta autora.
Nota introductoria.
Con los adjetivos “seriesísima, tristísima y oscura” ha calificado Gabriel García Márquez a Adela Fernández, al referirse a su literatura. Seriedad, tristeza y oscuridad que puestas al servicio de su magistral escritura ejercen un dominio irresistible sobre la lectora o lector. Quien no quiera enfrentarse a este conjunto de crudas y acertadas historias alucinantes, no empiece a leer la dedicatoria del libro porque al terminar la última palabra se encontrará volteando la página para comenzar el primer cuento, “La jaula de Tía Enedina” y no podrá dejarlos hasta llegar al punto final de “Truncadora y tornadiza”.
Lo impactante de estos relatos, de tramas sorprendentemente lúcidas, regidas en su mayoría por una lógica más cercana a la que impera en los sueños que a la que organiza la vida diurna, reside en su capacidad para iluminarnos si los leemos como pasajes sombríos cuyo tránsito es inevitable para alcanzar la región donde albergan dentro de nosotros esas motivaciones poco gratas, ocultas por las apariencias, que dirigen con más frecuencia de la que desearíamos nuestra conducta para incitar compulsiones que generan indeseables debilidades y crueldades. Verdades que el orden social esconde empecinadamente y la mayoría de los seres humanos se niega a aceptar por desconcertantes, tan perturbadoras que para alumbrarlas se necesita asumir, como lo hace Adela Fernández en la dedicatoria que precede estos relatos, con una honestidad de la que pocas personas son capaces, que la toma de sus decisiones vitales, motivadas por “el ritmo de mis ansiedades y el rigor de vivirlo todo con intensidad” condujo a sus hijos a sufrir penurias que les dejaron marcas imborrables, y a vivir experiencias deslumbradoras, como la “lluvia de estrellas en las playas de Huaymitún”.
Haciendo un certero uso de la lengua, de una imaginación desbordada y un sagaz manejo de la ironía, ajena a moderaciones acomodaticias, las bien construidas tramas de estos relatos están unidas por la crítica social y anticlerical que los permea, una observación expuesta sin paliativos de los aspectos más aberrantes de la conducta de los personajes y una profunda compasión por toda miseria humana.
En este universo regido por perpetuos juegos de poder cuya regla principal, tanto para las víctimas como para los victimarios, es obedecer la posición que les ha tocado ocupar en el juego, las historias se desarrollan tanto en la ciudad como en ambientes rurales, y los protagonistas pueden pertenecer a cualquiera de los estratos de la sociedad. Incestos y violaciones son ejecutados como acciones normales, pero estos actos encuentran plena justificación al ser cometidos y narrados por personajes apresados en circunstancias donde lo hecho significa la única alternativa para sobrevivir, ya sea física o emocionalmente.
Las expresiones de empatía y solidaridad se dan solo entre quienes ocupan la posición débil en una situación dada, como sucede entre los huérfanos de “Vago espinazo de la noche” o el sobrino y la tía de “La jaula de Tía Enedina”, marginados por la familia, ella por loca y él por negro: “La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias”. Sus buenas intenciones lo conducen a forzarla a sostener relaciones sexuales con él, relaciones a las que ella se aficiona, reclama con insistencia y cuyo resultado es espeluznante. Para Simona, la protagonista de “Con los pies en el agua”, la prostitución es la única forma de vida que conoce. El lema del burdel donde nació y se crió ees: “Mientras la luz se pague, el foco alumbra por igual lo bueno y lo malo, así que la vida transcurría transparente” y su padre “era el mejor de sus clientes”. En “De todos los oficios” el hijo ha sido castrado por el padre y declara: “…me dedico a la tarea de bufón provocándole carcajadas […] Harto ya de las mujeres, infecundo y viejo, suele llamarme a su alcoba para efectuar conmigo decadentes juegos sexuales que para mí son más tristes que ofensivos”.
Las situaciones, a lo largo del libro, resultan desgarradoras para quien lee, no para los personajes que cuentan sus vidas o son contadas por la voz narradora, sin asomos de lamento: “Era más normal vomitar que comer y desconocía la tristeza aunque para todos ella fuera un personaje triste enmarcado en el inframundo de una ciudad perdida”. Víctimas de la miseria, el racismo, el fanatismo religioso y la discriminación no son culpables, aun cuando grande sea su pecado, como es el caso en “Jaculatorias e indulgencias” en que una niñera indígena y fanática religiosa actúa como la más dedicada de las madres para los niños que cuida mientras su propia hija padece el mayor maltrato.
Los personajes niños/as, luchan desesperadamente por cariño y buen trato, sin importar al estrato de la sociedad en que estén ubicados. En “Vago espinazo de la noche” y en “Stasho” los protagonistas recurren a ingeniosas decisiones extremas para que los quieran y la vida se les haga soportable. En ambos casos un error de cálculo hace que los resultados de sus acciones sean devastadores. Un aspecto relevante en la construcción de “Stasho” es la excelencia que demuestra su autora para transmitir el caudal de conocimientos que posee sobre tradiciones de su país, manteniendo la historia dentro de la ficción literaria y para que la severa crítica de las supersticiones que aparecen en esta historia, de resultados nefastos para cuantos están involucrados en su práctica, vaya dirigida a los responsables de que se perpetúe, el clero.
No menos desvalidos que las víctimas de la miseria y el oscurantismo religioso son los personajes pertenecientes a una clase social más aventajada. Su desgracia proviene, fundamentalmente, de la negación. Negación a ver dentro de sí mismos, a aceptar y obedecer los dictados de su verdadero yo, o a “ver” a quienes los rodean.
Cada uno de los miembros de la familia de “Una distinta geometría del sentimiento” oculta una tenebrosa vida tras la apariencia de ser “…una familia como todas, normal y cotidiana”. El esposo de la protagonista de “Ana y el tiempo”, después de quince años de casados advierte que su esposa carece de mano izquierda: “Advierto que Ana no disimula su carencia, parece habituada con total aceptación, o tal vez no está consciente de eso”. A partir del momento del descubrimiento se obsesiona por saber cómo perdió la mano. Su elucubración es constante, pero jamás le pregunta a ella, en parte por temor a averiguar que él mismo se la haya amputado. Narcedalia, la niña protagonista de “Juegos de poder” desea con tal vehemencia ser libre que le es otorgado un poder maléfico, los papeles se invierten y queda convertida en verdugo de quien toda su vida fue reo. “Mecanismo” descubre la tortuosa dinámica entre una madre, incapaz de aceptar la realidad, y su hijo.
Al terminar estas treinta y siete historias, la realidad inasible de los seres que las habitan: impotentes ante la adversidad, prisioneros de su destino e incapaces de llorar su infortunio, acompañarán a quien las haya leído por largo tiempo, y aun después que crea haberlas olvidado surgirá una situación que se las traerá a la memoria. Y caerá en la cuenta de que la existencia oscura de esos personajes le ha enseñado a ver con más claridad la suya. Y sobre todo, tal vez estas historias le recuerden, cuando le toque asumir una posición de poder en este juego de la existencia, algo que dijera Adela Fernández durante una entrevista: “Donde no hay ética todo se hunde, cuando no hay principios entramos en la corrupción y en la descomposición social”.
3- Presentación de Vago espinazo de la noche por Ximena Bedregal Sáez
Presentación de Vago espinazo de la noche por Ximena Bedregal Sáez
TALLER EDITORIAL LA CORREA FEMINISTA, Colección Las Hijas de Carmenta
PRESENTACIÓN por Ximena Bedregal Sáez
CICAM A.C. abril de 1996
El taller editorial La Correa Feminista, inicia su nueva colección de escritura de mujeres con este libro Vago Espinazo de la Noche, el tercero de cuentos de la escritora Adela Fernández. Un libro altamente sugerente desde su título: La “Noche”, palabra con que la autora simboliza a ese orden cruel, jerárquico, violento que construye a los personajes como hijos de angustia y cautivos de la vagarosa noche del pensamiento y de la ética del poder, de la manipulación y del dominio. Orden del que vemos, vivimos y sentimos sus consecuencias, sus expresiones finales a través de la realidad cotidiana de los trozos de vida que se cuentan pero donde lo real constituyente, su “Espinazo” es ese “Vago” sentimiento de un de-orden fundante de locura y dolor.
Ese “vago espinazo” se sugiere conciente en la autora en “De todos los oficios”, que constituye, en el conjunto, la clave de su mirada. Un cuento que ironiza la creación de la cultura: la macrocultura patriarcal, la ley del padre como principio organizador de la sociedad. Anestesio Cimarroja no sólo funda un pueblo, impulsa y define las obras y monumentos, los oficios de todos y todas; es decir, hacer de lo real lo publico, lo racional, lo controlable; y esto es posible porque es el padre de todos, y las mujeres –símbolo de lo privado y lo intimo- son sólo el instrumento de su paternidad. Cuando escribe “su obsesión de procrear, desmesura que deja ver su miedo a la muerte”, nos muestra el hecho de que la razón patriarcal debe dominar a la naturaleza para fundar la cultura. Cuando nos relata el rechazo de este viril hombre a los apellidos hereditarios y la forma en que cambia los nombres y el suyo propio, ubica un hecho clave de la simbolización masculina: el acto de nombrar y renombrar las cosas desde él, desde lo falogocentrico y por tanto el ocultamiento de otra herencia más antigua que él mismo.
En ese sentido y a pesar de su dominio del lenguaje directo y sencillo, Adela no nos pone en las manos un libro fácil, si no que denuncia lo que hay detrás de la crueldad, nos plantea un desafío a la conciencia colectiva que debe empezar a mirar más allá de las apariencias y de lo explicito para entender a esa lógica y a esa ética que crea un mundo donde la risa, que debería ser la expresión feliz de la alegría, se ha vuelto un gesto para exorcizar al dolor. Tal vez a eso se refería Adela cuando me dijo “lo más chistoso de todo ese libro es que es en serio”.
Sin embargo, la autora hace que la risa, el humor negro, trascienda ese exorcismo. Lo maneja con maestría para deshacer al poderoso y a su poder. Hace del humor ese terreno donde se juega la batalla entre el amo y el esclavo. En el libro, el esclavo no gana la batalla pero crea un juego de resistencias desde donde se muestra lo estúpido de ese poder, lo pequeño y miserable que son esos dominios; al fin de cuentas: el dominio.
Sus personajes buscan desesperadamente elevarse a la condición de sujetos. Algunos de ellos, encuentras su posibilidad de grito en la desmesura, en lo extremo y absoluto, en las regiones sin marcas ni limites. En el primer cuento del libro, los niños se matan para que Don Saturnino, el cruel y castigador prefecto “cargue el resto de los años, con la culpa de este suicidio colectivo”. Sin embargo el único sobreviviente reconoce que ese acto no le permitió elevarse a la condición que buscaba, y proyecta su sentido de futuro hacia sí mismo cuando dice: “sé que cuando yo ordene mi propio caos, saldré de la cola, y, vértebra por vértebra subiré a la zona de luz y podré penetrar en el divino cerebro sideral del Bien y de la Inteligencia”.
Helena, la persona de “Con los pies en el agua”, hija de una sociedad donde la sexualidad y el placer son la negación del cuerpo, sabe que “ no puede sentarse ya en la moralina y el miedo” que su afirmación esta en la desmedida de las experiencias sensoriales, lo lleva al extremo pero no sin nombrarlo o teorizarlo: “La ventaja de reventarse estriba en que no importa perder las piezas del rompecabezas, los vacíos son bienvenidos…, lo molesto de la realidad es que para entrar o salir de un lugar a otro siempre hay que cruzar una puerta y todo umbral es tirano porque pone limites”.
En cuentos como “La venganza de Flaubert” o “Más que Fenicio”, Adela juega con la bruja y la ironía como mecanismos de resistencia al poder establecido y como forma de hacernos ver lo miserable de las buenas conciencias.
En la lectura de muchos de sus cuentos pareciera quedar la sensación de la imposibilidad de salida. Tal vez en contra de eso hay otro cuento clave: “Taciturno”. En él se muestra la confrontación de dos lógicas de creación, la de Leonardo, “el lorquiano, batiquero, escenográfo, manipulador de títeres, constructor de irrepetibles formas caleidoscópicas y cajas mágicas”, el creador de mitos incluyendo uno de los fundadores del sistema patriarcal: el de Edipo. Lejos de lo viril, racional y dominante es acusado de “maricón”, o sea de femenino, por su hermano quien se autodefine como “la única conciencia que advierte las desgracias que palpitan afuera”: el afuera. Lo racional, la realidad externa, el cambio el lo público y en la política tradicional, que se yergue como dueño de la verdad por sobre todos. Sin embargo Leonardo, dueño de un mundo rico que se sostiene en si mismo, no llega a reconocer ni tener conciencia de su poder, su creatividad y su potencialidad y, como muchas de la mujeres, incluyendo algunas feministas, es arrastrado al espacio de lucha de su hermano donde es aniquilado por las fuerzas del ¿orden? Y la barbarie.
En ese cuento, Adela, sin panfletos ni líneas explicitas, nos sugiere la posibilidad de otro logos, y especialmente de otro camino posible. Ese bello personaje: Leonardo, representa, tal vez, el más profundo de los deseos colectivos de este fin de siglo.
Ximena Bedregal Sáez
CICAM A.C.
abril de 1996
4- TODOS VIAJAMOS EN EL VAGO ESPINAZO DE LA NOCHE por Ricardo Diazmuñoz
TODOS VIAJAMOS EN EL VAGO ESPINAZO DE LA NOCHE por Ricardo Diazmuñoz
Aquí estamos todos, viajando en el espinazo de Iztacmixcóatl, la deslumbrante Serpiente de Nube Blanca, ajetreados de ensueño, sueño, imaginación y realidad, haciendo cabriolas sobre un minúsculo planeta que gira en torno a uno de los 250 millones de soles que danzan en la Vía Láctea, sin percatarnos de que nuestro sistema solar, y nosotros con él, está cayendo o trepando, hacia el gran núcleo incandescente de nuestra galaxia (1).
No pude sustraerme a esta visión después de leer el primer cuento de Vago espinazo de la noche, el último libro de cuentos de Adela Fernández, quien me lanzó al universo y al suyo, tan provocador de incertidumbres, así nomás, de repente.
La obsesión de Adela Fernández por la muerte, se manifiesta apremiante en todos los cuentos. Es una muerte niña, adolescente: sus pequeños suicidas, voluntarios e involuntarios, fustiga en nosotros una obstinada reflexión en torno a la moral, al ejercicio de la religión, la intolerancia y la brutalidad de los adultos. Esta reflexión nos conduce a una muerte que se renueva en cada cuento. La autora desarrolla la esquelética, cadavérica, única y excesiva imagen en múltiples circunstancias, algunas excepcionales por lo inesperado o sorpresivo del hallazgo literario.
El libro nos reserva descubrimientos diversos y nos invita a explorar en la propia conciencia. La búsqueda de Adela Fernández no está en las estructuras ni en los giros sintácticos, está simplemente en los recovecos de las almas poseídas por la frustración, la soledad, lo demoníaco, lo incestuoso, en el vacío del pasado y el futuro. En los cuentos, el presente, relatado en primera o tercera persona, abrasa nuestra sensibilidad y el lenguaje abraza nuestro goce estético. El lenguaje de la autora fluye claro y directo y siempre nos conmueve, aún en las puestas en escena truculentas o hinchadas de fatalidad, de esa fatalidad que abruma a sus personajes niños, espíritus que despiertan con extrañamiento a un mundo agobiado por la culpa y el castigo; niños condenados por la vida insatisfecha de quienes no han encontrado el profundo sentido de la existencia.
Adela ironiza la hipocresía, el temor, los ideales y el orden establecido, a veces con dolor, en ocasiones con malestar. Y entre el laconismo y la ternura, la desolación y la burla, los deseos criminales y los anhelos de amor, se van descubriendo las auténticas perspectivas del libro: la expresión de la muerte.
Es inevitable volver una y otra vez a esta muerte, desmesurada y abrumadora, que trata de explicarse y justificarse a sí misma. La muerte para ascender, vértebra por vértebra sobre “la terrible visión: el inmenso espinazo” que gravita en el universo iluminado, e introducirse, sin más, en el cerebro de Dios.
La muerte en el horror de la última carcajada paseándose como rimel de alta calidad en los párpados sombreados de las mujeres; la muerte de un espíritu amputado y enclaustrado en un oscurante convento de monjas clarisas, arañando jaculatorias en una plácida nana que tortura a su propia hija; la muerte encaramada en un helicóptero y lloviendo abundancia metálica sobre los estudiantes que reunidos en una plaza gritan México. Y la lectura de esta muerte que se desliza palabra tras palabra, que se intuye en todo el proceso creativo de la autora, nos conduce, persistente, hacia los caminos injustos de un dios inmisericorde y de unos seres, mujeres y hombres, adueñados de la desdicha.
El lenguaje de Adela Fernández es avalado, en múltiples ocasiones, por adjetivos precisos que generan aperturas hacia territorios ignorados del inconsciente, de la realidad. Hay en sus imágenes una extrañeza peculiar que desenmascara apariencias. Adela goza con su tímida temeridad, muy auténtica, por cierto, y juguetea con el horror y el encanto buscando alianzas entre el lenguaje y lo que éste cuenta y dice. Su timidez y su imaginación se complacen en destruir las convenciones habituales de lo anecdótico para mostrarnos un mundo que nombra la crueldad y la relata, la muestra y la expresa, simplemente para abrirnos a lo absurdo, a lo increíble, a la necesidad de despertar en el lector la realidad de lo ficticio pero posible, de lo real creado por lo imaginario. Los recursos de su escritura se relacionan con acontecimientos aparentemente ordinarios y se inmiscuyen en situaciones creíbles dentro de lo inverosímil.
¿Por qué tanta muerte deslizándose piragua a través de las inquietantes páginas del libro? Tal vez porque poetizando la muerte Adela encontró la eficacia de su lenguaje o porque en cada una de sus invenciones Adela obliga al lector a reflexionar en esa muerte disfrazada de ruleta rusa, de ser humano incendiado, de niño imaginando padre descuartizado, de niño lumbre, de teatralidad.
La muerte no es más que quitarse el maquillaje, escribe Adela en uno de sus cuentos. ¿Seremos capaces de quitarnos el maquillaje para salir a la vida y al encuentro con los otros? ¿Seremos capaces de morir en el propio escenario que hemos creado y habitamos para ir al encuentro de lo excepcional que hay en nosotros y en cada ser humano?
Adela nos invita a participar de la muerte en un remoto teatro que enciende viejas mitologías por siempre, a contemplar la muerte que chorrea por entre la tela y que aniquila falsarias esperas e inútiles ideales cuando se es frágil. La imaginación de Adela Fernández, vértigo y coherencia, parodia, de vez en cuando, la significación de lo cotidiano y lo maravilloso y lo tímida empuja al lector hacia su propia extrañeza, hacia su propio sentido de lo que le es extraño.
Mayo 18, 1996
México-Tenochtitlan
1) Años después de escrito este texto me enteré, gracias a mi hija Maryell Finisterre, que nuestro sistema solar no pertenece a la Vía Láctea. Los astrónomos descubrieron, en el año 2003, que la Tierra pertenece a la Galaxia enana Sagitario que está siendo engullida por la Vía Láctea. Los estudio del mapeo infrarrojo fueron confirmados en 2007 y publicados en la revista especializada Astrophysical Journal.
Adela Fernandez nacio el 6 de diciembre de 1942 en la Ciudad de México. Ha realizado cortometrajes en cine experimental y es autora de varias obras teatrales. Ha publicado libros de historia y antropología, es biógrafa, gastronómica, indigenista, investigadora y viajera. Siempre interesada en la conducta humana, ha tenido predilección por una narrativa vinculada con la magia, las aventuras psíquicas y el surrealismo (de la contra tapa de Duermevelas, ediciones Aliento, México)