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ENTREVISTA A JACQUELINE HERRANZ BROOKS
Editorial CAMPANA, Estados Unidos
1. ¿Cuándo empezaste a escribir
y por qué escribes?
Empecé a escribir con regularidad en el año
1990. En ese año, en el que me gradué
de la escuela de fotografía, el material fotográfico
que llegaba a los estudios en La Habana, de Alemania
democrática, comenzó a escasear porque
la Orwo, según escuchaba yo, había quebrado.
Acabada de graduarme y cumplía mi servicio social
trabajando en un estudio fotográfico en Centro
Habana tres veces a la semana y dos veces a la semana
enseñaba en el palacio de pioneros del mismo
municipio. Viajaba regularmente de Playa a Centro Habana
y estaba fascinada con las fachadas ruinosas que siempre
quería retratar. Así empecé a escribir.
Como no tenía rollos ni dinero para comprarlos
en la bolsa negra anotaba en una libretica los edificios
que quería en mis futuras fotografías
y las tomas que haría. Anotaba, por ejemplo:
fotografiar los dos balcones del edificio azul que está
en la calle Virtudes a los que se les cayó una
persiana, o fotografiar el muro de la casa que da esquina
a San Lázaro. Así se hizo mi primer poemario,
Liquid Days, donde no todos los poemas, pero
sí algunos, salieron de estas notas que iba tomando
mientras caminaba.
2. ¿ Qué temas consideras que han sido
constantes en tu labor creativa?
Mi vida, mis experiencias personales, son la constante.
Las cosas que me han sucedido, las que he pensado, pero
nunca las que me han contado ni aún las que considero
más interesantes y atractivas y hasta literarias.
3. ¿Cuál es el proceso de preparación
de una obra, las condiciones necesarias, los obstáculos
mayores, los momentos definidos de tu "rutina"
creativa?
Las condiciones varían y son precisamente las
condiciones en las que escribo y vivo las que moldean
el texto, que puede que sea más o menos conciso,
más o menos hermético, o más o
menos largo, en dependencia del tiempo que tengo o del
espacio donde trabajo. Desde que vivo en Nueva York,
lo que se podría llamar mi “rutina creativa”
no existe. Pero si pienso en el tiempo durante el cual
escribía en Cuba, sí recuerdo que se volvió
casi una rutina el hecho de vivir y escribir o describir
esa vivencia inmediatamente después, lo más
inmediatamente después que fuera posible, claro.
No iba yo escribiendo todo lo que iba viviendo porque
eso es imposible, pero sí recuerdo que escribía
unos textos muy inmediatos y muy cortos, como fotos
tiradas al paso y que tienen el encuadre que les permite
el accidente. Aquí en Nueva York, pasan meses
para que logre yo encontrar tiempo y regresar a un texto
que ha quedado a medio hacer, abandonado por meses,
y cuando encuentro el tiempo, ya mi estado de ánimo
es diferente a aquel que tenía cuando empecé
el texto y entonces ya no es lo mismo. Tengo que empezar
por releer lo que está hecho e intentar meterme
de nuevo en el asunto y entonces, zas, se acabó
el tiempo porque debo hacer otra cosa, terminar de leer
una novela para una clase o escribir un ensayo para
otra; o simplemente mientras releo, lo que se me ocurre
es comenzar a editar y me quedo sin energías
para continuar la historia. Quizá todavía
no he encontrado ese “método” de
trabajo. A lo mejor debería hacer algo parecido
a lo que hizo Judith Ortiz para terminar The Latin
Deli, disciplinarme, quitarme horas de sueño,
y organizarme mientras me digo que tengo que escribir
todos los días, machaconamente, y sacar el tiempo
para ello, ver menos televisión… pero quizá
esto no funciona conmigo.
4. ¿Para qué público trabajas?
¿Cuál sería tu público ideal?
¿En qué espacios has difundido tu obra?
En Cuba mi trabajo se movió muy poco y se difundió
casi nada a pesar de haber ganado un premio que me puso
en una revista bastante leída. En Nueva York
he difundido mi trabajo más y en diferentes lugares,
en cárceles, en las librerías del llamado
“main stream” como Borders o Barnes and
Noble, o en librerías locales y de la comunidad
como Calíope. Y también están las
universidades de la ciudad donde he leído muchas
veces para los estudiantes, que a veces se entusiasman
muchísimo y eso me hace muy feliz, la verdad.
Pero no los tengo en mente a ellos cuando escribo, no
al menos conscientemente. No tengo la menor idea de
quién podría ser mi lector ideal, quizá
alguien interesado o interesada en lo cotidiano, en
una literatura sin estridencias, con cierto humor ácido
pero no tan negro. He pensado alguna que otra vez que
para un libro como Escenas para turistas, el lector
ideal sería una cubana lesbiana o un cubano gay,
de mi generación, que hubiera vivido como yo
en la calle, sin padres que ocuparan puestos importantes,
gente que hubiera dejado la universidad un par de veces,
rompiéndose la cabeza por no saber bien qué
hacer ni adónde ir. Pero he encontrado aquí
lectores de otros lugares igualmente interesados en
mis textos, o lectores que se han podido relacionar
con ellos a pesar de venir de otros lugares.
Cuando empecé a escribir no tenía la conciencia
que he ido ganando con los años y con el contacto
que he tenido con otros trabajos, por supuesto. En un
momento determinado, descubrí para quién
quería escribir y fue cuando comencé a
darme cuenta que no había, en la literatura que
estaba leyendo yo ni en la que se estaba produciendo
en Cuba, gente como yo o como mis amigos, no había
literatura que nos representara. Pensé que describiendo
lo diario me acercaría yo a ello y mis lectores
principales fueron entonces ese grupo cerrado de amigos
que reconocían al vuelo los personajes, los chistes,
los chismes, etc. Fue muy difícil porque es siempre
difícil cuando no hay modelos y cuando te hacen
creer que cierto tipo de historias y de personajes son
más literarios que otros. El trabajo que hice
para Cubaneo, con Manelic Ferret y con Alejandro Aragón,
fue muy importante, importantísimo para desarrollar
mi trabajo y entender lo que yo quería hacer.
5. Para tu obra y vida intelectual, ¿cuáles
han sido los provechos, contratiempos o sacrificios
de haber salido de Cuba?
Pues vivir aquí, ahora, es completamente diferente
de lo que era vivir allá y entonces. De aquellos
textos inmediatos no queda nada o queda su esqueleto,
porque quizá algunos de los textos en los que
trabajo ahora sean una especie de reescritura de aquellos
a los que ahora les intento poner más carne.
Ahora, aquí, estaría lista para escribir
otras “escenas para turistas” pero de esta
sociedad. Sin embargo no lo hago todavía. Todavía
pienso en escribir sobre Cuba sin que piense que estoy
escribiendo sobre aquello o que estoy moviendo a los
personajes míos por las calles de La Habana o
montándolos en un tren que se va para Holguín
o para Santiago en lugar de ir al Bronx o a Manhattan.
Pero mi trabajo sí ha cambiado. Ahora trabajo
con unos textos más largos que no puedo terminar
en un día y comenzar a editar inmediatamente
después. Son textos largos basados más
en la memoria que en la vivencia casi inmediata, contrario
a lo que hiciera antes. También intento decir
más que antes en cierto sentido. Antes, en Cuba,
me habían hecho creer que la literatura buena
era aquella hermética. Ahora me siento más
segura cuando pienso que lo que es considerado bueno
o malo es sólo eso, una consideración,
un punto de vista y un juicio de valor determinado que
nos intenta imponer la crítica o el mercado.
6. ¿Qué criterio empleas a la
hora de tratar el tema de la homosexualidad en tus relatos?
El tema de “la homosexualidad” está
en mis relatos como está el hambre o el dolor
de cabeza, qué sé yo, sobre todo porque
soy lesbiana y muchas de mis amigas lo son. Así
que me parece absolutamente natural que mis personajes
sean gente queer y es algo que sale espontáneamente.
Si el tema aflora o está ahí no es porque
me haya dicho, pues bien, ahora le tocaría entrar
a una lesbiana en escena y decir que odia a su novia
y que prefiere a la novia del bodeguero que tiene las
nalgas más grandes, o en esta historia el centro
de todo debe ser la homosexualidad de fulanita porque
hay mucha gente homofóbica a la que hay que convencer
de que no pasa nada extraño con nosotros. No,
no lo pienso así. Si fuera a decir que empleo
algún criterio pues sería el criterio
de la realidad que me rodea, que puede que no sea idéntico
a la realidad de cualquier otra escritora queer o lesbiana,
por supuesto.
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