Last Updated: Friday, January 26, 2007

ENTREVISTA A JACQUELINE HERRANZ BROOKS
Editorial CAMPANA, Estados Unidos

1. ¿Cuándo empezaste a escribir y por qué escribes?
Empecé a escribir con regularidad en el año 1990. En ese año, en el que me gradué de la escuela de fotografía, el material fotográfico que llegaba a los estudios en La Habana, de Alemania democrática, comenzó a escasear porque la Orwo, según escuchaba yo, había quebrado. Acabada de graduarme y cumplía mi servicio social trabajando en un estudio fotográfico en Centro Habana tres veces a la semana y dos veces a la semana enseñaba en el palacio de pioneros del mismo municipio. Viajaba regularmente de Playa a Centro Habana y estaba fascinada con las fachadas ruinosas que siempre quería retratar. Así empecé a escribir. Como no tenía rollos ni dinero para comprarlos en la bolsa negra anotaba en una libretica los edificios que quería en mis futuras fotografías y las tomas que haría. Anotaba, por ejemplo: fotografiar los dos balcones del edificio azul que está en la calle Virtudes a los que se les cayó una persiana, o fotografiar el muro de la casa que da esquina a San Lázaro. Así se hizo mi primer poemario, Liquid Days, donde no todos los poemas, pero sí algunos, salieron de estas notas que iba tomando mientras caminaba.


2. ¿ Qué temas consideras que han sido constantes en tu labor creativa?

Mi vida, mis experiencias personales, son la constante. Las cosas que me han sucedido, las que he pensado, pero nunca las que me han contado ni aún las que considero más interesantes y atractivas y hasta literarias.


3. ¿Cuál es el proceso de preparación de una obra, las condiciones necesarias, los obstáculos mayores, los momentos definidos de tu "rutina" creativa?
Las condiciones varían y son precisamente las condiciones en las que escribo y vivo las que moldean el texto, que puede que sea más o menos conciso, más o menos hermético, o más o menos largo, en dependencia del tiempo que tengo o del espacio donde trabajo. Desde que vivo en Nueva York, lo que se podría llamar mi “rutina creativa” no existe. Pero si pienso en el tiempo durante el cual escribía en Cuba, sí recuerdo que se volvió casi una rutina el hecho de vivir y escribir o describir esa vivencia inmediatamente después, lo más inmediatamente después que fuera posible, claro. No iba yo escribiendo todo lo que iba viviendo porque eso es imposible, pero sí recuerdo que escribía unos textos muy inmediatos y muy cortos, como fotos tiradas al paso y que tienen el encuadre que les permite el accidente. Aquí en Nueva York, pasan meses para que logre yo encontrar tiempo y regresar a un texto que ha quedado a medio hacer, abandonado por meses, y cuando encuentro el tiempo, ya mi estado de ánimo es diferente a aquel que tenía cuando empecé el texto y entonces ya no es lo mismo. Tengo que empezar por releer lo que está hecho e intentar meterme de nuevo en el asunto y entonces, zas, se acabó el tiempo porque debo hacer otra cosa, terminar de leer una novela para una clase o escribir un ensayo para otra; o simplemente mientras releo, lo que se me ocurre es comenzar a editar y me quedo sin energías para continuar la historia. Quizá todavía no he encontrado ese “método” de trabajo. A lo mejor debería hacer algo parecido a lo que hizo Judith Ortiz para terminar The Latin Deli, disciplinarme, quitarme horas de sueño, y organizarme mientras me digo que tengo que escribir todos los días, machaconamente, y sacar el tiempo para ello, ver menos televisión… pero quizá esto no funciona conmigo.


4. ¿Para qué público trabajas? ¿Cuál sería tu público ideal? ¿En qué espacios has difundido tu obra?
En Cuba mi trabajo se movió muy poco y se difundió casi nada a pesar de haber ganado un premio que me puso en una revista bastante leída. En Nueva York he difundido mi trabajo más y en diferentes lugares, en cárceles, en las librerías del llamado “main stream” como Borders o Barnes and Noble, o en librerías locales y de la comunidad como Calíope. Y también están las universidades de la ciudad donde he leído muchas veces para los estudiantes, que a veces se entusiasman muchísimo y eso me hace muy feliz, la verdad. Pero no los tengo en mente a ellos cuando escribo, no al menos conscientemente. No tengo la menor idea de quién podría ser mi lector ideal, quizá alguien interesado o interesada en lo cotidiano, en una literatura sin estridencias, con cierto humor ácido pero no tan negro. He pensado alguna que otra vez que para un libro como Escenas para turistas, el lector ideal sería una cubana lesbiana o un cubano gay, de mi generación, que hubiera vivido como yo en la calle, sin padres que ocuparan puestos importantes, gente que hubiera dejado la universidad un par de veces, rompiéndose la cabeza por no saber bien qué hacer ni adónde ir. Pero he encontrado aquí lectores de otros lugares igualmente interesados en mis textos, o lectores que se han podido relacionar con ellos a pesar de venir de otros lugares.

Cuando empecé a escribir no tenía la conciencia que he ido ganando con los años y con el contacto que he tenido con otros trabajos, por supuesto. En un momento determinado, descubrí para quién quería escribir y fue cuando comencé a darme cuenta que no había, en la literatura que estaba leyendo yo ni en la que se estaba produciendo en Cuba, gente como yo o como mis amigos, no había literatura que nos representara. Pensé que describiendo lo diario me acercaría yo a ello y mis lectores principales fueron entonces ese grupo cerrado de amigos que reconocían al vuelo los personajes, los chistes, los chismes, etc. Fue muy difícil porque es siempre difícil cuando no hay modelos y cuando te hacen creer que cierto tipo de historias y de personajes son más literarios que otros. El trabajo que hice para Cubaneo, con Manelic Ferret y con Alejandro Aragón, fue muy importante, importantísimo para desarrollar mi trabajo y entender lo que yo quería hacer.


5. Para tu obra y vida intelectual, ¿cuáles han sido los provechos, contratiempos o sacrificios de haber salido de Cuba?
Pues vivir aquí, ahora, es completamente diferente de lo que era vivir allá y entonces. De aquellos textos inmediatos no queda nada o queda su esqueleto, porque quizá algunos de los textos en los que trabajo ahora sean una especie de reescritura de aquellos a los que ahora les intento poner más carne. Ahora, aquí, estaría lista para escribir otras “escenas para turistas” pero de esta sociedad. Sin embargo no lo hago todavía. Todavía pienso en escribir sobre Cuba sin que piense que estoy escribiendo sobre aquello o que estoy moviendo a los personajes míos por las calles de La Habana o montándolos en un tren que se va para Holguín o para Santiago en lugar de ir al Bronx o a Manhattan. Pero mi trabajo sí ha cambiado. Ahora trabajo con unos textos más largos que no puedo terminar en un día y comenzar a editar inmediatamente después. Son textos largos basados más en la memoria que en la vivencia casi inmediata, contrario a lo que hiciera antes. También intento decir más que antes en cierto sentido. Antes, en Cuba, me habían hecho creer que la literatura buena era aquella hermética. Ahora me siento más segura cuando pienso que lo que es considerado bueno o malo es sólo eso, una consideración, un punto de vista y un juicio de valor determinado que nos intenta imponer la crítica o el mercado.


6. ¿Qué criterio empleas a la hora de tratar el tema de la homosexualidad en tus relatos?
El tema de “la homosexualidad” está en mis relatos como está el hambre o el dolor de cabeza, qué sé yo, sobre todo porque soy lesbiana y muchas de mis amigas lo son. Así que me parece absolutamente natural que mis personajes sean gente queer y es algo que sale espontáneamente. Si el tema aflora o está ahí no es porque me haya dicho, pues bien, ahora le tocaría entrar a una lesbiana en escena y decir que odia a su novia y que prefiere a la novia del bodeguero que tiene las nalgas más grandes, o en esta historia el centro de todo debe ser la homosexualidad de fulanita porque hay mucha gente homofóbica a la que hay que convencer de que no pasa nada extraño con nosotros. No, no lo pienso así. Si fuera a decir que empleo algún criterio pues sería el criterio de la realidad que me rodea, que puede que no sea idéntico a la realidad de cualquier otra escritora queer o lesbiana, por supuesto.



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