Last Updated: Tuesday, January 30, 2007

ENTREVISTA A MARGARITA DRAGO
Editorial CAMPANA, Estados Unidos

1. ¿Cuándo comenzaste a explorar la escritura literaria y qué te motivó?
En realidad, comencé a escribir en la escuela secundaria. Escribía diarios y cartas que nunca enviaba. Era una práctica confesional, de desahogo, que me ayudaba a entenderme y a explicar mis relaciones. Me fascinaba el ejercicio de poner en orden las ideas a través de la palabra escrita. En la cárcel escribí mucho más, y siempre, diarios, cartas y relatos autobiográficos breves. Nunca tuve conciencia de escritora. Yo pensaba, según lo que había aprendido en la universidad, que la literatura se ocupaba de los grandes temas que preocupan al hombre, que su rasgo fundamental es la ficcionalidad, y que a ella se dedican los muy dotados y, generalmente, ésos son hombres. Lo que yo escribía no encajaba en esos parámetros. Fue necesario salir de Argentina, llegar a Nueva York y ponerme en contacto con escritoras y mujeres que tienen un concepto de la literatura diferente a los que imponen una visión elitista y sectaria de ésta como de la sociedad, para tomar esa conciencia. Eso fue, concretamente, en los años 90, cuando conocí a Sonia Rivera-Valdés y a Paquita Suárez- Coalla y me integré a la Tertulia de Escritoras Dominicanas que dirige Daisy Cocco de Filippis, Vice-Presidenta del Colegio Comunal Eugenio María de Hostos. En esas reuniones comencé a leer las primeras memorias de la cárcel, las que había escrito para una clase de literatura de mujeres que ofrecía la profesora Adriana García, en City College. En ese espacio, y gracias a las compañeras que valoraron mi trabajo y me motivaron a darle continuidad y forma a los relatos carcelarios, se fraguó mi libro Fragmentos de la memoria, el que publicará Editorial Campana, de la ciudad de Nueva York, muy en breve.


2. ¿Cómo y por qué fue el proceso para privarte de libertad?

En la década de los 70, yo militaba en la izquierda revolucionaria, desarrollaba trabajo comunitario de alfabetización de niños y mujeres en una villa miseria cercana a mi barrio, y trabajaba de maestra en una escuela parroquial en la que fui delegada sindical ante la Confederación de Trabajadores de la Educación (CTERA). En esa época gobernaba el país Isabel Perón. El suyo fue un gobierno antidemocrático y represivo. Durante su mandato se creó la banda paramilitar conocida como Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), cuyos miembros asesinaron impunemente a cientos de activistas y líderes estudiantiles y obreros, se sancionó la ley anti-subversiva que, entre otras medidas anticonstitucionales prohibía las actividades sindicales. Por esa razón, los maestros que luchábamos por la libertad y la democracia, al igual que los estudiantes y dirigentes populares, fuimos perseguidos y encarcelados. Ese fue mi caso. El 24 de octubre de 1975 fui detenida por el Servicio de Inteligencia de la ciudad de Rosario. Me iniciaron proceso judicial y me condenaron a dos años de cárcel, que fueron cinco, bajo la acusación de realizar actividades subversivas.


3. En Aquí me tocó escribir. Antología de escritores/as latinos en Nueva York, de Paquita Suárez- Coalla, hay cinco cuentos tuyos que se desarrollan en el ámbito carcelario a partir de la persecución política por la dictadura militar en Argentina. La mujer es protagonista en situaciones convencionalmente reservadas para los hombres. ¿Qué opinas sobre esa diferencia de géneros y cuál es el aporte de estas historias en ese contexto?
El papel de la mujer en la política y en las luchas revolucionarias de la década de los 70 fue muy destacado. Pero si bien su participación junto al hombre se había ampliado creando nuevas formas de relaciones en una militancia compartida, en la elección para los puestos de liderazgo como en el acceso a la formación política, los hombres eran privilegiados. Y no porque la mujer fuera débil ideológicamente y no tuviera la capacidad para ocupar tareas de conducción. Ejemplo de esto es su comportamiento valeroso ante la tortura y en la vida carcelaria donde fue sometida a condiciones infrahumanas, como también su competencia para convertirse en mujer política dentro de la cárcel. Por eso la represión fue tan cruenta con las mujeres. En las cárceles, las militantes de las organizaciones de izquierda se ocuparon de establecer una política colectiva de resistencia, tratando de incorporar a la mayoría de las detenidas alrededor de reivindicaciones básicas y sentidas por el conjunto. Prueba del éxito de este esfuerzo fue el reconocimiento ante las presas políticas como ante las autoridades penitenciarias, de las delegadas generales y de pisos o pabellones. En mi libro de memorias carcelarias destaco el papel de la mujer como líder política, y exalto su decidida entrega revolucionaria. Creo que en término de género, estos relatos constituyen un gran aporte en cuanto destacan el rol sobresaliente de la mujer en uno de los períodos más oscuros de la historia argentina.


4. En varias de las narraciones hay un personaje, un “nosotras”, un “ellas” y un “ellos”. ¿Por qué?
Cuando salí de la cárcel, en septiembre de 1980, me impulsaba una idea: denunciar los crímenes y violaciones de la dictadura militar y dar testimonio de la resistencia de las prisioneras políticas argentinas en las cárceles del régimen. Lo hice en los espacios y foros donde era posible la denuncia. Cuando en 1988 comencé a escribir las primeras memorias carcelarias me movía el mismo propósito: denunciar. El relato “La primera Navidad” pertenece a ese período. Es un texto en el que un yo diluido en el nosotros cuenta la historia. Una historia en la que no aparecen individuos aislados, sino hombres o mujeres que se mueven en bloque y que pertenecen a uno de los dos grupos enfrentados: el de los represores y torturadores o el de las prisioneras políticas. No por eso dejo de reconocer las diferencias sociales, políticas e ideológicas entre militares, policías y carceleros, como también las que había entre nosotras, las presas políticas. Cuando escojo personajes como “ellos”, “ellas” y “nosotras”, lo hago para mostrar que en las épocas de represión violenta las sociedades se dividen, claramente, entre represores y reprimidos, entre víctimas y victimarios. Y un@ es parte de uno u otro grupo, no hay posturas intermedias. Y tal como ocurre afuera se da en las cárceles. Así se dio en la Alcaidía de Rosario y en Villa Devoto, las dos prisiones en las que estuve. Afuera estaban ellos, los militares, torturadores, carceleros, y adentro, en los campos y prisiones, nosotras, resistiendo al plan de aniquilamiento de nuestros captores.

5. Si bien como autora expones situaciones límites, difíciles de superar, hay un dejo de optimismo. ¿Qué elementos sostienen esa fe?

A pesar del horror, del miedo y de convivir con la muerte día tras día, en la cárcel nunca dejamos de reír, de crear y de soñar. Inventábamos recetas de cocina carcelaria con los poquísimos alimentos que recibíamos, escribíamos y compartíamos nuestros trabajos, teníamos espacios y tiempos dedicados a la recreación, cantábamos, nos celebrábamos y celebrábamos las fiestas tradicionales. En medio de la precariedad llevábamos una vida muy organizada de trabajo y estudio clandestino. Y todo lo hicimos porque estábamos convencidas de que la cárcel no era un paréntesis en nuestras vidas, sino un espacio de resistencia a la dictadura. Desde ese frente nos uníamos a los familiares, a los organismos de solidaridad nacionales e internacionales y a todos los sectores populares que se oponían al plan destructivo del régimen militar. La gran mayoría de las presas políticas teníamos fe y un firme convencimiento en nuestros ideales. Hablo de la cárcel de Villa Devoto, donde concentraron al grueso de las detenidas por razones políticas reconocidas por la junta militar. Esa es la razón esencial por la cual no nos aniquilaron ni psicológica ni ideológicamente. Para mí la experiencia carcelaria fue trascendental. Vivir en el límite junto a mujeres tan valiosas como mis compañeras, me ayudó a valorar la vida, a conocer las más ocultas y oscuras facetas del ser humano y a comprender la fragilidad humana.

6. Estas historias de colectivo aparecen en tiempos en el que el individualismo campea; ¿crees que podrían ser vistas como reflexión sobre las posibilidades de colectivos oprimidos?
Las mujeres y los hombres de mi generación luchábamos por cambiar las estructuras capitalistas de nuestro país porque nos oponíamos, radicalmente, a su esencia individualista despiadada. Nuestro modelo era la Revolución Cubana, y nos guiaban las ideas del Che Guevara, quien tras su proyecto de formar al "hombre nuevo" proponía una moral revolucionaria basada en el respecto a la libertad y la dignidad del hombre. En la cárcel, particularmente en Villa Devoto, donde logramos un alto nivel de organización y resistencia política, tratamos, a pesar de nuestras limitaciones humanas, de poner en práctica los valores que defendíamos. En el espacio en el que nuestros enemigos nos habían confinado como sus rehenes, logramos crear, sostener y defender un sistema de vida fundado en la solidaridad y el compañerismo. Mi libro sobre la cárcel, Fragmentos de la memoria, tiene, entre otros propósitos, el dar testimonio de esa experiencia tan particular. La lectura de estos relatos en los diferentes grupos en los que he participado siempre ha generado conversaciones que han movido a la gente a reflexionar, entre otros temas, sobre las posibilidades de organización de colectivos oprimidos, como tú dices.


7. El mercado editorial ha moldeado, a partir de modelos culturales y políticos, estereotipos de lo que una “escritora” debe escribir. ¿Temes que a partir de esa visión seas percibida como escritora marginal?

No, en absoluto. Siempre estuve en el margen porque a ese lugar me han confinado los que tienen el poder para dividir, pero sobre todo, porque conscientemente lo he escogido como espacio de resistencia. En Argentina me opuse abiertamente a la injusticia y a todas las ideas que atentasen contra la libertad del hombre. Por eso me acusaron de subversiva y me condenaron a cinco años de prisión. En la cárcel resistí la censura y la libertad de expresión y eso me costó vivir en solitaria muchas veces. Desde entonces he mantenido la misma línea de conducta, lo considero una cuestión de principio. Y esto se refleja en mi escritura. No puede ser de otra manera. Nunca podría escribir sujeta a modelos culturales, políticos e ideológicos antagónicos a los míos. Si asumir esta actitud significa ser percibida como escritora marginal, acepto el reto. Creo que quienes pensamos de esta manera debemos tomar conciencia y unirnos, apoyar y trabajar por proyectos independientes y alternativos que promueven y difunden la cultura y la diversidad. Un ejemplo, en la ciudad de Nueva York, es el de Editorial Campana, que publica literatura escrita por latinos que desafían al canon literario y los modelos culturales convencionales.



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