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ENTREVISTA A MARGARITA DRAGO
Editorial CAMPANA, Estados Unidos
1. ¿Cuándo comenzaste a explorar
la escritura literaria y qué te motivó?
En realidad, comencé a escribir en la escuela
secundaria. Escribía diarios y cartas que nunca
enviaba. Era una práctica confesional, de desahogo,
que me ayudaba a entenderme y a explicar mis relaciones.
Me fascinaba el ejercicio de poner en orden las ideas
a través de la palabra escrita. En la cárcel
escribí mucho más, y siempre, diarios,
cartas y relatos autobiográficos breves. Nunca
tuve conciencia de escritora. Yo pensaba, según
lo que había aprendido en la universidad, que
la literatura se ocupaba de los grandes temas que preocupan
al hombre, que su rasgo fundamental es la ficcionalidad,
y que a ella se dedican los muy dotados y, generalmente,
ésos son hombres. Lo que yo escribía no
encajaba en esos parámetros. Fue necesario salir
de Argentina, llegar a Nueva York y ponerme en contacto
con escritoras y mujeres que tienen un concepto de la
literatura diferente a los que imponen una visión
elitista y sectaria de ésta como de la sociedad,
para tomar esa conciencia. Eso fue, concretamente, en
los años 90, cuando conocí a Sonia Rivera-Valdés
y a Paquita Suárez- Coalla y me integré
a la Tertulia de Escritoras Dominicanas que dirige Daisy
Cocco de Filippis, Vice-Presidenta del Colegio Comunal
Eugenio María de Hostos. En esas reuniones comencé
a leer las primeras memorias de la cárcel, las
que había escrito para una clase de literatura
de mujeres que ofrecía la profesora Adriana García,
en City College. En ese espacio, y gracias a las compañeras
que valoraron mi trabajo y me motivaron a darle continuidad
y forma a los relatos carcelarios, se fraguó
mi libro Fragmentos de la memoria, el que publicará
Editorial Campana, de la ciudad de Nueva York, muy en
breve.
2. ¿Cómo y por qué fue el proceso
para privarte de libertad?
En la década de los 70, yo militaba en la izquierda
revolucionaria, desarrollaba trabajo comunitario de
alfabetización de niños y mujeres en una
villa miseria cercana a mi barrio, y trabajaba de maestra
en una escuela parroquial en la que fui delegada sindical
ante la Confederación de Trabajadores de la Educación
(CTERA). En esa época gobernaba el país
Isabel Perón. El suyo fue un gobierno antidemocrático
y represivo. Durante su mandato se creó la banda
paramilitar conocida como Triple A (Alianza Anticomunista
Argentina), cuyos miembros asesinaron impunemente a
cientos de activistas y líderes estudiantiles
y obreros, se sancionó la ley anti-subversiva
que, entre otras medidas anticonstitucionales prohibía
las actividades sindicales. Por esa razón, los
maestros que luchábamos por la libertad y la
democracia, al igual que los estudiantes y dirigentes
populares, fuimos perseguidos y encarcelados. Ese fue
mi caso. El 24 de octubre de 1975 fui detenida por el
Servicio de Inteligencia de la ciudad de Rosario. Me
iniciaron proceso judicial y me condenaron a dos años
de cárcel, que fueron cinco, bajo la acusación
de realizar actividades subversivas.
3. En Aquí me tocó escribir.
Antología de escritores/as latinos en Nueva York,
de Paquita Suárez- Coalla, hay cinco cuentos
tuyos que se desarrollan en el ámbito carcelario
a partir de la persecución política por
la dictadura militar en Argentina. La mujer es protagonista
en situaciones convencionalmente reservadas para los
hombres. ¿Qué opinas sobre esa diferencia
de géneros y cuál es el aporte de estas
historias en ese contexto?
El papel de la mujer en la política y en las
luchas revolucionarias de la década de los 70
fue muy destacado. Pero si bien su participación
junto al hombre se había ampliado creando nuevas
formas de relaciones en una militancia compartida, en
la elección para los puestos de liderazgo como
en el acceso a la formación política,
los hombres eran privilegiados. Y no porque la mujer
fuera débil ideológicamente y no tuviera
la capacidad para ocupar tareas de conducción.
Ejemplo de esto es su comportamiento valeroso ante la
tortura y en la vida carcelaria donde fue sometida a
condiciones infrahumanas, como también su competencia
para convertirse en mujer política dentro de
la cárcel. Por eso la represión fue tan
cruenta con las mujeres. En las cárceles, las
militantes de las organizaciones de izquierda se ocuparon
de establecer una política colectiva de resistencia,
tratando de incorporar a la mayoría de las detenidas
alrededor de reivindicaciones básicas y sentidas
por el conjunto. Prueba del éxito de este esfuerzo
fue el reconocimiento ante las presas políticas
como ante las autoridades penitenciarias, de las delegadas
generales y de pisos o pabellones. En mi libro de memorias
carcelarias destaco el papel de la mujer como líder
política, y exalto su decidida entrega revolucionaria.
Creo que en término de género, estos relatos
constituyen un gran aporte en cuanto destacan el rol
sobresaliente de la mujer en uno de los períodos
más oscuros de la historia argentina.
4. En varias de las narraciones hay un personaje,
un “nosotras”, un “ellas” y
un “ellos”. ¿Por qué?
Cuando salí de la cárcel, en septiembre
de 1980, me impulsaba una idea: denunciar los crímenes
y violaciones de la dictadura militar y dar testimonio
de la resistencia de las prisioneras políticas
argentinas en las cárceles del régimen.
Lo hice en los espacios y foros donde era posible la
denuncia. Cuando en 1988 comencé a escribir las
primeras memorias carcelarias me movía el mismo
propósito: denunciar. El relato “La primera
Navidad” pertenece a ese período. Es un
texto en el que un yo diluido en el nosotros cuenta
la historia. Una historia en la que no aparecen individuos
aislados, sino hombres o mujeres que se mueven en bloque
y que pertenecen a uno de los dos grupos enfrentados:
el de los represores y torturadores o el de las prisioneras
políticas. No por eso dejo de reconocer las diferencias
sociales, políticas e ideológicas entre
militares, policías y carceleros, como también
las que había entre nosotras, las presas políticas.
Cuando escojo personajes como “ellos”, “ellas”
y “nosotras”, lo hago para mostrar que en
las épocas de represión violenta las sociedades
se dividen, claramente, entre represores y reprimidos,
entre víctimas y victimarios. Y un@ es parte
de uno u otro grupo, no hay posturas intermedias. Y
tal como ocurre afuera se da en las cárceles.
Así se dio en la Alcaidía de Rosario y
en Villa Devoto, las dos prisiones en las que estuve.
Afuera estaban ellos, los militares, torturadores, carceleros,
y adentro, en los campos y prisiones, nosotras, resistiendo
al plan de aniquilamiento de nuestros captores.
5. Si bien como autora expones situaciones límites,
difíciles de superar, hay un dejo de optimismo.
¿Qué elementos sostienen esa fe?
A pesar del horror, del miedo y de convivir con la muerte
día tras día, en la cárcel nunca
dejamos de reír, de crear y de soñar.
Inventábamos recetas de cocina carcelaria con
los poquísimos alimentos que recibíamos,
escribíamos y compartíamos nuestros trabajos,
teníamos espacios y tiempos dedicados a la recreación,
cantábamos, nos celebrábamos y celebrábamos
las fiestas tradicionales. En medio de la precariedad
llevábamos una vida muy organizada de trabajo
y estudio clandestino. Y todo lo hicimos porque estábamos
convencidas de que la cárcel no era un paréntesis
en nuestras vidas, sino un espacio de resistencia a
la dictadura. Desde ese frente nos uníamos a
los familiares, a los organismos de solidaridad nacionales
e internacionales y a todos los sectores populares que
se oponían al plan destructivo del régimen
militar. La gran mayoría de las presas políticas
teníamos fe y un firme convencimiento en nuestros
ideales. Hablo de la cárcel de Villa Devoto,
donde concentraron al grueso de las detenidas por razones
políticas reconocidas por la junta militar. Esa
es la razón esencial por la cual no nos aniquilaron
ni psicológica ni ideológicamente. Para
mí la experiencia carcelaria fue trascendental.
Vivir en el límite junto a mujeres tan valiosas
como mis compañeras, me ayudó a valorar
la vida, a conocer las más ocultas y oscuras
facetas del ser humano y a comprender la fragilidad
humana.
6. Estas historias de colectivo aparecen en
tiempos en el que el individualismo campea; ¿crees
que podrían ser vistas como reflexión
sobre las posibilidades de colectivos oprimidos?
Las mujeres y los hombres de mi generación luchábamos
por cambiar las estructuras capitalistas de nuestro
país porque nos oponíamos, radicalmente,
a su esencia individualista despiadada. Nuestro modelo
era la Revolución Cubana, y nos guiaban las ideas
del Che Guevara, quien tras su proyecto de formar al
"hombre nuevo" proponía una moral revolucionaria
basada en el respecto a la libertad y la dignidad del
hombre. En la cárcel, particularmente en Villa
Devoto, donde logramos un alto nivel de organización
y resistencia política, tratamos, a pesar de
nuestras limitaciones humanas, de poner en práctica
los valores que defendíamos. En el espacio en
el que nuestros enemigos nos habían confinado
como sus rehenes, logramos crear, sostener y defender
un sistema de vida fundado en la solidaridad y el compañerismo.
Mi libro sobre la cárcel, Fragmentos de la memoria,
tiene, entre otros propósitos, el dar testimonio
de esa experiencia tan particular. La lectura de estos
relatos en los diferentes grupos en los que he participado
siempre ha generado conversaciones que han movido a
la gente a reflexionar, entre otros temas, sobre las
posibilidades de organización de colectivos oprimidos,
como tú dices.
7. El mercado editorial ha moldeado, a partir de modelos
culturales y políticos, estereotipos de lo que
una “escritora” debe escribir. ¿Temes
que a partir de esa visión seas percibida como
escritora marginal?
No, en absoluto. Siempre estuve en el margen porque
a ese lugar me han confinado los que tienen el poder
para dividir, pero sobre todo, porque conscientemente
lo he escogido como espacio de resistencia. En Argentina
me opuse abiertamente a la injusticia y a todas las
ideas que atentasen contra la libertad del hombre. Por
eso me acusaron de subversiva y me condenaron a cinco
años de prisión. En la cárcel resistí
la censura y la libertad de expresión y eso me
costó vivir en solitaria muchas veces. Desde
entonces he mantenido la misma línea de conducta,
lo considero una cuestión de principio. Y esto
se refleja en mi escritura. No puede ser de otra manera.
Nunca podría escribir sujeta a modelos culturales,
políticos e ideológicos antagónicos
a los míos. Si asumir esta actitud significa
ser percibida como escritora marginal, acepto el reto.
Creo que quienes pensamos de esta manera debemos tomar
conciencia y unirnos, apoyar y trabajar por proyectos
independientes y alternativos que promueven y difunden
la cultura y la diversidad. Un ejemplo, en la ciudad
de Nueva York, es el de Editorial Campana, que publica
literatura escrita por latinos que desafían al
canon literario y los modelos culturales convencionales.
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