Y jugábamos a soñar y enumerábamos
listas de deseos que cumpliríamos cuando estuviéramos
en libertad. Soñábamos con sentir el
amor de nuevo, con la piel de un hombre junto a la
nuestra. Y nos abrazábamos y nos acariciábamos,
¿y donde está el límite entre
la caricia lícita y la prohibida? En aquel
espacio de contornos desfigurados y sin tiempo, era
difícil precisarlo. (Como en la cárcel)
El se acercó despacio y la besó en el cuello primero y después en la boca. Ella respondió sin pudor, sin control. Fue un choque frenético. Enlazados los brazos y las piernas, él trataba de bajar el escote del vestido rojo y ella de desabotonarle la camisa. En el pequeño espacio forcejeaban ambos por tomar la iniciativa en las caricias
Él la abrazó con vehemencia inmovilizándole los brazos a ambos lados del cuerpo y doblando las rodillas se deslizó hasta el suelo sin soltarla, apretado a ella, besándola por sobre el vestido que se iba estrujando con la presión de los labios y los dientes. (El octavo pliegue)
Siguió el consejo por unos meses. Rubén,
como el novio de Mygdalia, insistía. Nada anhelaba
tanto en esta vida como hacerla suya, y Carmina escuchaba
la voz de la amiga: "No metas en danzas lo de alante".
Pero un viernes a las cinco de la mañana, esperando
ansiosa a que amaneciera el sábado leía
el "Tómame ahora que aún es temprano"
de Juana de Ibarbouro y decidió que quería
"ser" de Rubén Carretero. Lo decidió
porque no pudo imaginar que iba a querer el futuro
algo, con tanta intensidad, como deseaba sentir a
Rubén dentro de ella en esta madrugada de desvelo,
y pensó que el resto de su vida iba a lamentar
no haber obedecido a una demanda tan fuerte de su
cuerpo. (Azul como el añil)
Qué cansada estaba de gente loca. Qué tremendamente cansada.
Y se vio a sí misma un montón de años
atrás escuchando, una vez vaciaba la botella
de cerveza después de comida, las viejas dichas
y desdichas amorosas de Mark y recordó la noche
de luna llena en que quiso ella que él escuchara
sus confesiones, y cómo se negó a oírlas,
alegando que no valía la pena revivir historias
de amores pasados. Recordó los celos locos
de Ada, su acto de amor aguado, la noche que la persiguió
por la casa con un cuchillo, al regreso de estudiar
para los exámenes de master con una compañera
de la universidad, casada y enamorada del marido.
Vio a Diana lanzando por la ventana de la cocina tomates,
hojas de lechuga, rábanos, pepinos, la ensalada
completa, porque ella había almorzado con Ada
seis meses después de haber terminado la relación
con la ex amante. Recordó aquella manía
incurable de Consuelo de consolar a cuánta
mujer se cruzaba en su camino, en la cama. Recordó
a Silvia, para quien ella siempre era culpable hasta
demostrar cien por ciento su inocencia y aún
así nunca quedaba convencida. Hasta en Shrinivas
pensó, con quien sólo estuvo un fin
de semana, pero vaya, bastante que la hizo sufrir
el que fuera tan bueno por dos días y después
desapareciera de su vida para siempre. Y ahora, esta
última, Rocío, mentirosa y calumniadora.
Su mamá hubiera dicho que le roncaba el clarinete
la suerte que le había tocado. Ella, que estaban
de pinga.
(La semilla más honda del limón).