Last Updated: Thursday, June 21, 2007


Fecha de publicación: 14 de septiembre de 2007
ISBN 978-0-9725611-3-6 (0-9725611-3-7)
Encuadernación: Rústica, 120 páginas
$14.95

PAQUITA SUÁREZ COALLA

SINOPSIS:
Para que no se me olvide

FRAGMENTOS:
Para que no se me olvide

RESEÑAS:

FRAGMENTOS DE PARA QUE NO SE ME OLVIDE

CONSEJOS


Madre:
que al fin y al cabo,
has ganado,
que mi vida
es la tuya al revés.

Lourdes Casal

Todo el tiempo me decías que tuviera cuidado con los hombres. Que no les hiciera caso que todos iban a lo mismo, y que luego, las que acabábamos jodiéndonos éramos nosotras. Que al cabo, los hombres nada tenían que perder, que nadie les iba a reclamar, pero que nosotras teníamos que mirar mucho de ver con quién andábamos y qué hacíamos, que después de pasar algo de poco servía andar con lamentaciones. Que ahí estaba, sin ir más lejos, la hija de Joaquín, criando ella sola dos chiquillas y teniendo que trabajar como una burra para sacarlas adelante. Todo por no saber pensar con la cabeza. Por dejarse llevar como una boba por la calentura, sabiendo de sobra lo que podía esperar del bobo aquel con quien andaba, que lo único que quiso fue aprovecharse de ella. Y no es decir que no fuera buen mozo, y dicharachero bastante para engañar a la primera que tropezara con él. Pero si eres una chavala con dos dedos de frente tienes que dejarte de tonterías y pensar un poco más las cosas, y si se anda caliente, ponerse a enfriar a la helada. Que de nada sirve llorar ni pedir milagros cuando no hay remedio. El milagro es tener la cabeza en su sitio y saber decir que no cuando hay que decirlo, porque está claro que los hombres son bastante animales y no van a desperdiciar la ocasión si se tropiezan con una pelandusca. Ellos son así, y es normal que tengan otras necesidades y no piensen en otra cosa más que en el dichoso agujero, pero una mujer decente y como debe ser tiene que ponerles freno y hacerse respetar. Y no como la hija de Joaquín, que ahí está sola, rumiando lo que aquel mangante le hizo y criando a esas pobres chiquillas sin padre. Y eso es lo que no se puede consentir, que al cabo, si ella lo buscó que se aguante, pero las chiquillas qué culpa tienen. Y quién sabe lo que no tendrán que oír en la escuela, que los rapacinos de hoy no se pueden estar callados y cualquier cosa que escuchan en casa ahí lo zampan en la primera ocasión donde sea. Y no digo que lo hagan con maldad, pero lo mejor, y mucho más si eres mujer, es no tener que andar en boca de nadie, ni grandes ni pequeños, que no hay nada que más mal parezca que esas chavalas de las que todo el mundo habla porque traen a los hombres detrás de ellas como perros. No hay nada peor ni más asqueroso, decías casi sin mirarme y sin preguntarme qué estaría pensando de los consejos que me dabas, que no digo que no fueran de provecho, pero estaba un poco harta de tanto discurso y de que te pusieras de aquella manera cuando en la fiesta del pueblo me acercaba a algún chaval que me gustaba o cuando encontrabas alguna carta de cualquier otro en el bolso de la trenca. De verdad que estaba un poco harta, pero al final acababa haciéndote caso, que por nada del mundo quería salir con barriga y que luego la gente empezara a decir y a criticar. Por eso mismo te escuchaba, aunque anduvieras siempre con la cantinela de que escuchábamos primero a los de afuera que a ti y que los de fuera, si pasaba algo, iban a mandarnos bien pronto a tomar por el culo. Aunque estabas siempre con el mismo cantar, yo te juro que te escuchaba. Que cuando algún mozo me sacaba a bailar en las fiestas del verano siempre decía que no, así estuviera muriéndome de ganas de bailar con él. Y cuando se acercaban a decirme algo, acababa espantándolos de la cara que ponía, no fuera ser que cogieran confianza y luego se quisieran revolcar conmigo detrás de algún bardón sin que yo atinara a enfrentarme con ellos y a mandarlos a tomar viento.

Yo claro que te hice caso desde que fui chavala. Pero tú sigues con el barrenillo en la cabeza de que siempre te tocaba callar como una ahorcada y que todo el tiempo hicimos lo que a nosotras nos apeteció. Y no digo que sea mentira. Pero si algo yo hice fue porque pensé que te iba a gustar, que no había ni un momento en el que no me estuviera acordando de los consejos que me dabas. Que cuidado con los hombres. Que lo que buscan ya se sabe y quien paga el pato somos nosotras. Te juro que me acordaba de eso la mayoría de las veces, que cuando venía alguno con intenciones, no me preguntes qué hacía, pero acababa por largar con el rabo entre las patas y lo mismo daba que el chaval me gustara más que un caramelo y me apeteciera andar con él. De tal manera tenía metidos en el cuerpo los consejos tuyos que no era capaz de hablar con ningún mozo ni de dejar que me palparan o me dieran un beso. No era capaz. Ni un poco.Y aunque me diera muchísima rabia, también me acababa alegrando, porque lo que más quería era que tú estuvieras contenta y que vieras que sí me enteraba de lo que decías. Y por eso no me importaba que ya las otras tuvieran novio y yo siguiera sin salir a ningún sitio con tal de no tener que aguantar las ganas. O si me importaba hacía como que no, que ya llegaría el día en que tú dejaras de poner morros por cualquier cosa y yo pudiera hacer lo que quisiera. Mientras tanto, prefería dejarte tranquila y seguirte la corriente a que tuvieras algo que decir. Y por eso, jamás pude entender que pensaras que no te escuchaba y que te disgustaras porque andaba con la chavala aquella y porque además un día te comenté, sin saber que te iba a parecer mal, que yo no me quería casar ni tener hijos.

Eso fue lo que no acabé de entender. Que te pusieras como loca cuando aquello, y que hasta me dejaras de hablar casi una semana, nada más que por hacerte caso.

info@editorialcampana.com   :   19 West 85th Street New York, NY 10024   :   Tel. (845) 559-4757   :   Fax: (212) 721-4062
Editorial Campana © 2005 Editorial Campana. Derechos Reservados / All Rights Reserved.
Inicio   :   Contáctenos   :   Privacy Policy   :   Site Map