CONSEJOS
Madre:
que al fin y al cabo,
has ganado,
que mi vida
es la tuya al revés.
Lourdes Casal
Todo el tiempo me decías que tuviera cuidado
con los hombres. Que no les hiciera caso que todos
iban a lo mismo, y que luego, las que acabábamos
jodiéndonos éramos nosotras. Que al
cabo, los hombres nada tenían que perder, que
nadie les iba a reclamar, pero que nosotras teníamos
que mirar mucho de ver con quién andábamos
y qué hacíamos, que después de
pasar algo de poco servía andar con lamentaciones.
Que ahí estaba, sin ir más lejos, la
hija de Joaquín, criando ella sola dos chiquillas
y teniendo que trabajar como una burra para sacarlas
adelante. Todo por no saber pensar con la cabeza.
Por dejarse llevar como una boba por la calentura,
sabiendo de sobra lo que podía esperar del
bobo aquel con quien andaba, que lo único que
quiso fue aprovecharse de ella. Y no es decir que
no fuera buen mozo, y dicharachero bastante para engañar
a la primera que tropezara con él. Pero si
eres una chavala con dos dedos de frente tienes que
dejarte de tonterías y pensar un poco más
las cosas, y si se anda caliente, ponerse a enfriar
a la helada. Que de nada sirve llorar ni pedir milagros
cuando no hay remedio. El milagro es tener la cabeza
en su sitio y saber decir que no cuando hay que decirlo,
porque está claro que los hombres son bastante
animales y no van a desperdiciar la ocasión
si se tropiezan con una pelandusca. Ellos son así,
y es normal que tengan otras necesidades y no piensen
en otra cosa más que en el dichoso agujero,
pero una mujer decente y como debe ser tiene que ponerles
freno y hacerse respetar. Y no como la hija de Joaquín,
que ahí está sola, rumiando lo que aquel
mangante le hizo y criando a esas pobres chiquillas
sin padre. Y eso es lo que no se puede consentir,
que al cabo, si ella lo buscó que se aguante,
pero las chiquillas qué culpa tienen. Y quién
sabe lo que no tendrán que oír en la
escuela, que los rapacinos de hoy no se pueden estar
callados y cualquier cosa que escuchan en casa ahí
lo zampan en la primera ocasión donde sea.
Y no digo que lo hagan con maldad, pero lo mejor,
y mucho más si eres mujer, es no tener que
andar en boca de nadie, ni grandes ni pequeños,
que no hay nada que más mal parezca que esas
chavalas de las que todo el mundo habla porque traen
a los hombres detrás de ellas como perros.
No hay nada peor ni más asqueroso, decías
casi sin mirarme y sin preguntarme qué estaría
pensando de los consejos que me dabas, que no digo
que no fueran de provecho, pero estaba un poco harta
de tanto discurso y de que te pusieras de aquella
manera cuando en la fiesta del pueblo me acercaba
a algún chaval que me gustaba o cuando encontrabas
alguna carta de cualquier otro en el bolso de la trenca.
De verdad que estaba un poco harta, pero al final
acababa haciéndote caso, que por nada del mundo
quería salir con barriga y que luego la gente
empezara a decir y a criticar. Por eso mismo te escuchaba,
aunque anduvieras siempre con la cantinela de que
escuchábamos primero a los de afuera que a
ti y que los de fuera, si pasaba algo, iban a mandarnos
bien pronto a tomar por el culo. Aunque estabas siempre
con el mismo cantar, yo te juro que te escuchaba.
Que cuando algún mozo me sacaba a bailar en
las fiestas del verano siempre decía que no,
así estuviera muriéndome de ganas de
bailar con él. Y cuando se acercaban a decirme
algo, acababa espantándolos de la cara que
ponía, no fuera ser que cogieran confianza
y luego se quisieran revolcar conmigo detrás
de algún bardón sin que yo atinara a
enfrentarme con ellos y a mandarlos a tomar viento.
Yo claro que te hice caso desde que fui chavala. Pero
tú sigues con el barrenillo en la cabeza de
que siempre te tocaba callar como una ahorcada y que
todo el tiempo hicimos lo que a nosotras nos apeteció.
Y no digo que sea mentira. Pero si algo yo hice fue
porque pensé que te iba a gustar, que no había
ni un momento en el que no me estuviera acordando
de los consejos que me dabas. Que cuidado con los
hombres. Que lo que buscan ya se sabe y quien paga
el pato somos nosotras. Te juro que me acordaba de
eso la mayoría de las veces, que cuando venía
alguno con intenciones, no me preguntes qué
hacía, pero acababa por largar con el rabo
entre las patas y lo mismo daba que el chaval me gustara
más que un caramelo y me apeteciera andar con
él. De tal manera tenía metidos en el
cuerpo los consejos tuyos que no era capaz de hablar
con ningún mozo ni de dejar que me palparan
o me dieran un beso. No era capaz. Ni un poco.Y aunque
me diera muchísima rabia, también me
acababa alegrando, porque lo que más quería
era que tú estuvieras contenta y que vieras
que sí me enteraba de lo que decías.
Y por eso no me importaba que ya las otras tuvieran
novio y yo siguiera sin salir a ningún sitio
con tal de no tener que aguantar las ganas. O si me
importaba hacía como que no, que ya llegaría
el día en que tú dejaras de poner morros
por cualquier cosa y yo pudiera hacer lo que quisiera.
Mientras tanto, prefería dejarte tranquila
y seguirte la corriente a que tuvieras algo que decir.
Y por eso, jamás pude entender que pensaras
que no te escuchaba y que te disgustaras porque andaba
con la chavala aquella y porque además un día
te comenté, sin saber que te iba a parecer
mal, que yo no me quería casar ni tener hijos.
Eso fue lo que no acabé de entender. Que te
pusieras como loca cuando aquello, y que hasta me
dejaras de hablar casi una semana, nada más
que por hacerte caso.