Last Updated: Tuesday, March 6, 2007



JAQUELINE HERRANZ BROOKS

SINOPSIS:
Escenas para turistas

FRAGMENTOS:
Escenas para turistas

RESEÑAS:
Una mirada a Cuba por el cristal alternativo
Diario de la desesperanza

DIARIO DE LA DESESPERANZA
por Odette Alonso Yodú

Tengo entre mis manos Escenas para turistas, el libro de cuentos de Jacqueline Herranz Brooks (La Habana, 1966) que acaba de publicar la Editorial Campana, en Nueva York. En su portada, sobre fondo negro, desfilan, borrosos, un grupo de pioneros cubanos, con su uniforme rojo y su pañoleta. Parece una calle de La Habana Vieja por sus paredes descascaradas, sin pintura hace siglos, pero pudiera ser cualquier calle de Cuba. Me quedo mirándolos por un rato y me parece reconocer la escena, como si yo misma la hubiera vivido muchas veces, como si fuera yo una de esas niñas.

Alzo los ojos y recuerdo a Jacqueline en los inicios de los 90, cuando coincidíamos en los recitales de poesía, en los conciertos o las peñas, que cada vez eran menos, o en el cuarto alquilado de 12 y 23. Allí oíamos la versión de Eleanor Rigby de Escorpions o canciones de la trova vieja o nos anochecía en medio del apagón; allí había siempre un poco de borra hervida que sabía remotamente a té. Y cuando regresaba a la casa, que no era mi casa sino otro cuarto alquilado que costaba la mitad de mi sueldo, el sopor era el mismo. Y el hambre llenaba todos los rincones, como un hartazgo de hambre. Porque el hambre fue la marca más indeleble de esos años, cuando podíamos ir como nómadas de una casa a otra, de una provincia a otra, de una borrachera a otra, pero siempre con el estómago vacío.

Escenas para turistas es un diario intermitente y discontinuo —hay cuentos titulados "Martes, 23 de junio", "Jueves", "Septiembre"—, en el cual un mismo personaje-narrador —una mujer joven— cuenta y reflexiona la vida miserable de cierto sector de la juventud cubana a principios de los 90. Un hecho histórico nos ancla exactamente en la época: la visita a Cuba del papa Juan Pablo II y el ambiente que rodeó al acontecimiento: "En la plaza habrá gradas para observar el espectáculo (…) Las mismas gradas que las del carnaval (…) veo algunos carteles que (lo) anuncian (…) con la letra similar a la de una citación para un primero de mayo (…) Como los precios de los hoteles subieron y los pasajes también, muchos comentan que es un buen negocio (…) Que si para bien de la economía que si para cambio político…" ("La ascensión", p. 35).

Los veintiséis cuentos son, más que relatos, anotaciones, pinceladas. Como buena fotógrafa, Jacqueline enfoca uno a uno los detalles que irán conformando el todo. Y como buen diario, en estas instantáneas se repiten los personajes y los escenarios. Sin orden ni concierto, porque cuando se vive en un monótono caos, da igual lo que sucedió primero que lo que venga después.
Así van y vienen las amigas, las amantes, la casa destartalada de la madre y las otras casas también destartaladas, el calor, la droga y la peste en todos los rincones. La peste de los cuerpos y de la ropa que no pueden lavarse por falta de agua, el vaho de los baños, el hedor de los animales que crían los vecinos en los apartamentos para tener algo que comer, la grasa negra donde se fríe el huevo y se cocina lo poco que hay para llevarse a la boca.

La peste y el asco, que ya no es una náusea, sino un estado cotidiano al que también se acostumbra uno y va por la calle con cara de asco, como si fuera lo más normal del mundo, porque ese rictus es ya nuestra propia cara.

"Es duro sobrevivir en la inmundicia" (p. 20), dice el personaje, y describe a su madre "en medio de una sala rota, ella misma deshuesada y seca" (p. 13) y, en la cola de la panadería, a los "viejos del barrio quienes han perdido, casi todos, los dientes, el pelo y gran parte de la memoria emotiva, mientras el hambre los hace maldecirse unos a otros cuando se rasgan a ver quién llega primero a alcanzar la bolita semicruda de harina" (p. 13). Y describe los cristales rotos, "las cazuelas negras y abolladas" (p. 13), las paredes desconchadas, sin marcos ni puertas de los edificios (p. 49), la hierba y la basura invadiéndolo todo, a los "turistas o nativos aturistados por el uso del dólar" (p. 50), el viaje en un camión lleno de puercos que se cagan, sangran y chillan entre los pasajeros ("La terminal") y a ella misma que, siempre hambrienta, casi siempre drogada, se aplasta "contra la mierda y no encuentro más salida que burbujear dentro de ella" (p. 13).

Pero para poder conformar esta guía turística nacional de la precariedad, la protagonista se convierte también en una "turista nativa" y emprende un viaje por el interior de la Isla. Como parte de ese periplo, "Guáimaro" es un cuento desolador, que describe la sinrazón y el vacío existencial de la vida en el campo cubano; "El palo del aura" da cuenta del aburrimiento cotidiano de las ciudades de provincia; "Policíaco normal" y "Baracoa" son un muestrario de toda la gama de actividades ilegales que se reúnen alrededor del turismo.

La relatividad de todo lo aparente toma cuerpo especialmente en "Descripción del cayo" y "El Cayo", hilados como casi todas las historias del conjunto. "Una música rica suena delante pero es el fondo. Alguna gente pasa por detrás que puede ser el frente. Un grupo de hombres jóvenes, sentados en el parque, gritan (…) se sienten prisioneros porque siempre hay un espacio mayor que se cierra sobre un espacio más pequeño. El agua, por ejemplo…" ("Descripción…", pp. 54-55).

Y ahí no termina la relatividad: unos extranjeros han tomado fotos a los muchachos del parque "e irán contando por el mundo lo que suponen de nosotros (…) Seguramente hacen la historia de un lindo cayo pequeño donde vieron gente tranquila disfrutando apaciblemente del sol que tienen todo el año en el parque" (pp. 55-56). Mientras, en "El Cayo", con el mismo tono, se termina de construir la alegoría de la Isla mayor y del mismísimo mundo: "Vivir aquí puede —podría— ser la paz de muchos (…) Pero esta permanencia impuesta por el destino, que los ha hecho nacer aquí, los aplasta. Quieren largarse (…) Por eso se lanzan contra cualquiera. Se rajan" (pp. 57-58).

Otro viaje narra "Para los interesados, al final, hay ranas"; éste a un rincón de la cordillera de los Órganos donde sobrevive una comuna de curanderos míticos que se habían mantenido por años alejados del devenir político del resto de la Isla. En el cuento, la narradora lo cuestiona todo con una contundente ingenuidad: la certeza del amor y el desamor, el movimiento dialéctico de la espiral ascendente, las formas de propiedad, de justicia y de tiranía, la magia y el esoterismo, la imposibilidad de la convivencia entre especies distintas y el supuesto aprendizaje que es la vida, porque "hay cosas que me han dicho de varias maneras y que aparentemente no están bien explicadas" (p. 95).

Esa es la esencia constante del libro: con un tono de indiferencia y cansancio, sin una gota de entusiasmo, cuestiona la existencia misma en una sociedad donde "el bien común se reduce a patalear contentos dentro de la anormalidad circundante" (p. 12), donde "…quién va a decir que todo está bien, que ni el calor se siente y que ya ha comido" (p. 36).

Y de nuevo el hambre, siempre el hambre, en cada cuento el hambre. Porque el hambre fue —ya lo he dicho— la marca indeleble de esos tiempos. Y cuando el hambre se establece como un estado cotidiano, inalterable, ya da lo mismo ocho que ochenta, quedarse tres horas esperando la guagua o caminar tres horas con rumbo incierto. Y si al hambre se une esa yerbita milagrosa que quita el hambre —o el polvito o las pastillas o el alcohol a toda hora—, uno anda por el mundo como autómata, como prestado en el mundo. Así fue que conocimos en la Cuba de los 90 aquel cáncer que nos habían hecho imaginar carcomiendo a la sociedad de consumo: la enajenación, la pérdida de la voluntad.

Todos los códigos se habían trastocado, todo los símbolos se derrumban: Rusia, aquel ejemplo impoluto, era una puta traidora tras la cual se desmoronaba todo el heroico campo socialista; las guerras de África, aquel sublime acto de internacionalismo proletario, había sido un robadero de marfiles; los comandantes de la revolución eran narcotraficantes o compositores de guarachas; Cuba, faro de América toda, era el burdel de los extranjeros, y nosotros, aquellos pioneros que sin saber exactamente lo que decíamos gritamos "¡Seremos como el Che!", acabamos siendo como él: unos despatriados sin fe, inventando causas que defender para tratar de librarnos de las decepciones o dejando que el fracaso nos diera el tiro de gracia en cualquier esquina del mundo.

Puede haber otras historias de los 90, pero esta que cuenta Jacqueline en sus Escenas para turistas es la que yo viví. Este diario de la desesperanza pudo haber sido el mío en aquella Habana sin resquicios, muerta de hambre y de calor, vacía.


      IMPRIMIR

info@editorialcampana.com   :   19 West 85th Street New York, NY 10024   :   Tel. (845) 559-4757   :   Fax: (212) 721-4062
Editorial Campana © 2005 Editorial Campana. Derechos Reservados / All Rights Reserved.
Inicio   :   Contáctenos   :   Privacy Policy   :   Site Map