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JAQUELINE
HERRANZ BROOKS
SINOPSIS:
• Escenas
para turistas
FRAGMENTOS:
• Escenas
para turistas
RESEÑAS:
• Una mirada a Cuba por el cristal alternativo
• Diario de la desesperanza
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DIARIO
DE LA DESESPERANZA
por Odette Alonso Yodú
Tengo entre mis manos Escenas para turistas,
el libro de cuentos de Jacqueline Herranz Brooks (La
Habana, 1966) que acaba de publicar la Editorial Campana,
en Nueva York. En su portada, sobre fondo negro, desfilan,
borrosos, un grupo de pioneros cubanos, con su uniforme
rojo y su pañoleta. Parece una calle de La
Habana Vieja por sus paredes descascaradas, sin pintura
hace siglos, pero pudiera ser cualquier calle de Cuba.
Me quedo mirándolos por un rato y me parece
reconocer la escena, como si yo misma la hubiera vivido
muchas veces, como si fuera yo una de esas niñas.
Alzo los ojos y recuerdo a Jacqueline en los inicios
de los 90, cuando coincidíamos en los recitales
de poesía, en los conciertos o las peñas,
que cada vez eran menos, o en el cuarto alquilado
de 12 y 23. Allí oíamos la versión
de Eleanor Rigby de Escorpions o canciones de la trova
vieja o nos anochecía en medio del apagón;
allí había siempre un poco de borra
hervida que sabía remotamente a té.
Y cuando regresaba a la casa, que no era mi casa sino
otro cuarto alquilado que costaba la mitad de mi sueldo,
el sopor era el mismo. Y el hambre llenaba todos los
rincones, como un hartazgo de hambre. Porque el hambre
fue la marca más indeleble de esos años,
cuando podíamos ir como nómadas de una
casa a otra, de una provincia a otra, de una borrachera
a otra, pero siempre con el estómago vacío.
Escenas para turistas es un diario
intermitente y discontinuo —hay cuentos titulados
"Martes, 23 de junio", "Jueves",
"Septiembre"—, en el cual un mismo
personaje-narrador —una mujer joven— cuenta
y reflexiona la vida miserable de cierto sector de
la juventud cubana a principios de los 90. Un hecho
histórico nos ancla exactamente en la época:
la visita a Cuba del papa Juan Pablo II y el ambiente
que rodeó al acontecimiento: "En la plaza
habrá gradas para observar el espectáculo
(…) Las mismas gradas que las del carnaval (…)
veo algunos carteles que (lo) anuncian (…) con
la letra similar a la de una citación para
un primero de mayo (…) Como los precios de los
hoteles subieron y los pasajes también, muchos
comentan que es un buen negocio (…) Que si para
bien de la economía que si para cambio político…"
("La ascensión", p. 35).
Los veintiséis cuentos son, más que
relatos, anotaciones, pinceladas. Como buena fotógrafa,
Jacqueline enfoca uno a uno los detalles que irán
conformando el todo. Y como buen diario, en estas
instantáneas se repiten los personajes y los
escenarios. Sin orden ni concierto, porque cuando
se vive en un monótono caos, da igual lo que
sucedió primero que lo que venga después.
Así van y vienen las amigas, las amantes, la
casa destartalada de la madre y las otras casas también
destartaladas, el calor, la droga y la peste en todos
los rincones. La peste de los cuerpos y de la ropa
que no pueden lavarse por falta de agua, el vaho de
los baños, el hedor de los animales que crían
los vecinos en los apartamentos para tener algo que
comer, la grasa negra donde se fríe el huevo
y se cocina lo poco que hay para llevarse a la boca.
La peste y el asco, que ya no es una náusea,
sino un estado cotidiano al que también se
acostumbra uno y va por la calle con cara de asco,
como si fuera lo más normal del mundo, porque
ese rictus es ya nuestra propia cara.
"Es duro sobrevivir en la inmundicia" (p.
20), dice el personaje, y describe a su madre "en
medio de una sala rota, ella misma deshuesada y seca"
(p. 13) y, en la cola de la panadería, a los
"viejos del barrio quienes han perdido, casi
todos, los dientes, el pelo y gran parte de la memoria
emotiva, mientras el hambre los hace maldecirse unos
a otros cuando se rasgan a ver quién llega
primero a alcanzar la bolita semicruda de harina"
(p. 13). Y describe los cristales rotos, "las
cazuelas negras y abolladas" (p. 13), las paredes
desconchadas, sin marcos ni puertas de los edificios
(p. 49), la hierba y la basura invadiéndolo
todo, a los "turistas o nativos aturistados por
el uso del dólar" (p. 50), el viaje en
un camión lleno de puercos que se cagan, sangran
y chillan entre los pasajeros ("La terminal")
y a ella misma que, siempre hambrienta, casi siempre
drogada, se aplasta "contra la mierda y no encuentro
más salida que burbujear dentro de ella"
(p. 13).
Pero para poder conformar esta guía turística
nacional de la precariedad, la protagonista se convierte
también en una "turista nativa" y
emprende un viaje por el interior de la Isla. Como
parte de ese periplo, "Guáimaro"
es un cuento desolador, que describe la sinrazón
y el vacío existencial de la vida en el campo
cubano; "El palo del aura" da cuenta del
aburrimiento cotidiano de las ciudades de provincia;
"Policíaco normal" y "Baracoa"
son un muestrario de toda la gama de actividades ilegales
que se reúnen alrededor del turismo.
La relatividad de todo lo aparente toma cuerpo especialmente
en "Descripción del cayo" y "El
Cayo", hilados como casi todas las historias
del conjunto. "Una música rica suena delante
pero es el fondo. Alguna gente pasa por detrás
que puede ser el frente. Un grupo de hombres jóvenes,
sentados en el parque, gritan (…) se sienten
prisioneros porque siempre hay un espacio mayor que
se cierra sobre un espacio más pequeño.
El agua, por ejemplo…" ("Descripción…",
pp. 54-55).
Y ahí no termina la relatividad: unos extranjeros
han tomado fotos a los muchachos del parque "e
irán contando por el mundo lo que suponen de
nosotros (…) Seguramente hacen la historia de
un lindo cayo pequeño donde vieron gente tranquila
disfrutando apaciblemente del sol que tienen todo
el año en el parque" (pp. 55-56). Mientras,
en "El Cayo", con el mismo tono, se termina
de construir la alegoría de la Isla mayor y
del mismísimo mundo: "Vivir aquí
puede —podría— ser la paz de muchos
(…) Pero esta permanencia impuesta por el destino,
que los ha hecho nacer aquí, los aplasta. Quieren
largarse (…) Por eso se lanzan contra cualquiera.
Se rajan" (pp. 57-58).
Otro viaje narra "Para los interesados, al final,
hay ranas"; éste a un rincón de
la cordillera de los Órganos donde sobrevive
una comuna de curanderos míticos que se habían
mantenido por años alejados del devenir político
del resto de la Isla. En el cuento, la narradora lo
cuestiona todo con una contundente ingenuidad: la
certeza del amor y el desamor, el movimiento dialéctico
de la espiral ascendente, las formas de propiedad,
de justicia y de tiranía, la magia y el esoterismo,
la imposibilidad de la convivencia entre especies
distintas y el supuesto aprendizaje que es la vida,
porque "hay cosas que me han dicho de varias
maneras y que aparentemente no están bien explicadas"
(p. 95).
Esa es la esencia constante del libro: con un tono
de indiferencia y cansancio, sin una gota de entusiasmo,
cuestiona la existencia misma en una sociedad donde
"el bien común se reduce a patalear contentos
dentro de la anormalidad circundante" (p. 12),
donde "…quién va a decir que todo
está bien, que ni el calor se siente y que
ya ha comido" (p. 36).
Y de nuevo el hambre, siempre el hambre, en cada cuento
el hambre. Porque el hambre fue —ya lo he dicho—
la marca indeleble de esos tiempos. Y cuando el hambre
se establece como un estado cotidiano, inalterable,
ya da lo mismo ocho que ochenta, quedarse tres horas
esperando la guagua o caminar tres horas con rumbo
incierto. Y si al hambre se une esa yerbita milagrosa
que quita el hambre —o el polvito o las pastillas
o el alcohol a toda hora—, uno anda por el mundo
como autómata, como prestado en el mundo. Así
fue que conocimos en la Cuba de los 90 aquel cáncer
que nos habían hecho imaginar carcomiendo a
la sociedad de consumo: la enajenación, la
pérdida de la voluntad.
Todos los códigos se habían trastocado,
todo los símbolos se derrumban: Rusia, aquel
ejemplo impoluto, era una puta traidora tras la cual
se desmoronaba todo el heroico campo socialista; las
guerras de África, aquel sublime acto de internacionalismo
proletario, había sido un robadero de marfiles;
los comandantes de la revolución eran narcotraficantes
o compositores de guarachas; Cuba, faro de América
toda, era el burdel de los extranjeros, y nosotros,
aquellos pioneros que sin saber exactamente lo que
decíamos gritamos "¡Seremos como
el Che!", acabamos siendo como él: unos
despatriados sin fe, inventando causas que defender
para tratar de librarnos de las decepciones o dejando
que el fracaso nos diera el tiro de gracia en cualquier
esquina del mundo.
Puede haber otras historias de los 90, pero esta que
cuenta Jacqueline en sus Escenas para turistas es
la que yo viví. Este diario de la desesperanza
pudo haber sido el mío en aquella Habana sin
resquicios, muerta de hambre y de calor, vacía.
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