Martirio Fuentes, una de las entrevistadas para la
compilación de historias prohibidas que publicara
la periodista Marta Veneranda, aparece siete años
después para contar las Historias de
mujeres grandes y chiquitas. Narradas en
primera persona (con excepción de las variaciones
en cuatro tiempos sobre la vida y muerte de Ana Mendieta
); estas son pequeñas y fragmentadas autobiografías
enlazadas en un haz común: la travesía
desde el terreno personal hasta la reconstrucción
de historias nacionales; un desmontaje de la épica
tradicional que reaparece travestida de cotidianidad
y aparente falta de significación.
No puede leerse este nuevo libro de la cubana Sonia
Rivera-Valdés como un elemento desapareado.
Ninguna obra inserta coherentemente en la poética
de una autora sólida resistiría tal
desmembramiento; sin embargo, las filiaciones aquí,
apuntan más a una voluntad expresa de continuar
escribiendo el mismo libro. No reescribiéndolo,
sino retomándolo donde lo dejó la última
vez. El modus operandi aparece en el segundo paratexto
de los dos que inauguran la colección de historias:
la nota necesaria.
Quien escribe y firma la nota necesaria no es la autora
Sonia Rivera-Valdés, ni una prologuista X,
sino uno de los personajes femeninos protagonistas
en esta nueva serie de cuentos (Martirio), quien declara
en dicha nota ser la autora del libro entero ya que
prometió: publicar[lo] durante mi conversación
con Marta Veneranda del Castillo Ovando, hace ya varios
años. Con la conclusión de este proyecto
pago varias deudas(…) (Rivera-Valdés:
10)
Martirio es la propietaria de la voz que cierra el
primer momento del ciclo de historias de vida que
Rivera-Valdés continúa aquí.
Hay un puente que enlaza al relato “La más
prohibida de todas” con esta nota inicial y
que afirma su nudo en la historia: “La semilla
más honda del limón”. Reaparece
allí Martirio-personaje (que no autora apócrifa)
quien cuenta desde su propia experiencia - no la reconstruida
por Marta Veneranda- el desenlace final de su relación
amatoria con Rocío.
Este rejuego de autoras apócrifas, personajes
reaparecidos para revisar historias ya conocidas y
cambios de postura con respecto de la voz se hace
harto interesante a una lectura que intente desentrañar
las infinitas estrategias con que el yo suele presentarse,
reescribirse, redimensionarse, alterarse. Para llegar
a esa mirada lateral sobre un libro que propone infinidad
de posiciones para acceder a él desde el feminismo,
me gustaría en primera instancia dejar al descubierto
cuáles son los subterfugios reincidentes que
utiliza en esta última presentación
ante el público la Sonia Rivera-Valdés
autora, quien vuelve sobre sus dos alteridades esenciales:
la de la escucha y la de quien registra lo escuchado
para hacerlo literatura; o lo que es igual: la Marta
Veneranda y la Martirio, cambiadas de postura según
la ocasión.
Así, reaparecen su voluntad de sondear intimidades
y la memoria explorada desde sus más impensados
recovecos como los herrajes indispensables para recomponer
las versiones de la historia narrada, sea cual fuere.
Inestable desde su génesis porque parten del
principio implícito de que al recordar y contar,
muchos eventos quedarán fuera. E incluso algunos
aparecen para desmentir lo que fue relatado antes:
La conoció una tarde en un comercio de libros
antiguos, en Nueva Cork, dijo Martirio a Marta Veneranda,
pero tal vez fue a principios de verano. Sí,
un viernes a principios de verano en una conferencia
de literatura en La Habana, cuando hacía ya
siete años de haber concluido lo que pensó
sería su última relación de pareja.
(Rivera-Valdés: 186)
Un espacio tan esencial como puede ser el del primer
encuentro con alguien con quien se deriva en una relación
amatoria es olvidado. Pudo ser Nueva York o La Habana.
No interesa, así como no interesa la descripción
de exteriores. Los atrezzos más relevantes
remiten a una paisajística de orden sentimental
y también sensorial. Más recoge la memoria
olores, sabores, mínimas visiones y estados
de ánimo que la exactitud de horarios, sitios
o estaciones.
La memoria fragmentada, la historia fragmentada, la
mujer fragmentada que cuenta y la que escribe no pretende
en ningún caso crear un cosmos narrativo unívoco.
Cada una de las intervenciones que vuelve sobre eventos
ya relatados en un proceso de recuento, parece tener
la intención de recolocar a aquéllos.
De esta suerte, dicha reunión de fragmentos
desemboca en el género testimonio, proveyéndolo
de algunas variantes formales que no suelen aparecer
como ejemplos paradigmáticos al estudiar el
mencionado género.
Así mismo cancela toda grandilocuencia. Las
más visibles entre ellas son la inversión
de tópicos feministas y la desestabilización
de la más inmediata realidad cubana en sus
discursos bipolares manidos por el poder de la mediática
oficialidad.
Las mujeres de las historias de Rivera-Valdés
son víctimas del sistema patriarcal heteronormativo;
pero así mismo acusadoras y rebeldes ante este.
Su posición en la escala vertical de poder
es la de la subalterna; pero singularizada por la
posesión de la voz. Y no exactamente una voz
que se explaya a escondidas en la escritura, sino
la que desconcierta y apabulla al dominante. La escritura
es el segundo momento en el que se reproduce lo que
antes fue enunciado voz en cuello.
“El octavo pliegue”, uno de los relatos
del nuevo libro, así hiperboliza este gesto,
que producido por una mujer viene a constituirse como
una performance de orden político: Lucía,
una profesora de música, decide no sostener
por más tiempo una relación física
con un hombre casado. Lo decide y se lo anuncia. Este
no puede creer que sea ella quien dé por terminados
los encuentros que sostenían y la emplaza e
intenta chantajearla, diciéndole que deslegitimará
su imagen en público. Ella, tranquila le responde:
“Lo que tú creas o digas yo me lo paso
por el octavo pliegue del culo.” (Rivera-Valdés:
115). La cita anterior aparece en el texto original
marcada doblemente: es toda ella un párrafo
independiente y en la tipología de letra negrita.
Los personajes de mujeres lesbianas, que en el caso
de la autora son una serie sobre la que también
regresa en este segundo libro, vienen a reafirmar
todo un sistema ideológico en el que Rivera-Valdés
mezcla ciertas intervenciones autobiográficas
con la exploración en el mundo de la pareja
lésbica que en su caso está atravesada
también por las variables que constituyen el
exilio y el cuerpo desmembrado de la nación.
Emilio Bejél y Víctor Fowler, en dos
momentos distintos del ejercicio crítico que
respectivamente desarrollan, han abordado esta idea
de la pareja lésbica con que Rivera-Valdés
suele trabajar como síntesis de una serie de
simbolismos que también incluyen el conflicto
histórico-político cubano en su dimensión
transnacional. Las irreconciliaciones y tensiones
que han sostenido Cuba y los Estados Unidos, aquéllas
que encuentran su momento más álgido
en la visión que sobre las relaciones políticas
de los países tienen los sujetos cubanos de
una u otra orilla del estrecho marítimo y sus
respectivas posiciones ideológicas, se resumen
en las parejas lesbianas que la autora representa
de un modo que no ha de pasarse por alto.
La Martirtio, cubana emigrada que abandonó
el país en la década del sesenta y que
se encuentra física y sexualmente en algún
momento con la Rocío nacida y formada después
de la Revolución, cristalizan en sí
todas las dudas, inestabilizaciones, amores, agresiones
y utopías que los cubanos desde ambos lados
de la frontera física hemos sostenido por casi
medio siglo.
La vieja idea de la identificación de la patria
con un sujeto femenino y materno, queda bifurcada
así y efectivamente en dos mujeres que se aman
u odian a pesar de la lengua y la historia común.
El componente generacional y la experiencia física
ante el proceso revolucionario las aleja en la misma
dimensión que sus cuerpos femeninos y maternales
pudieron resultarles familiares en los primeros encuentros
que sostuvieran. De esta manera, la patria que se
extiende más allá del litoral norte
de la isla, la que continúa reescribiéndose
y pensándose en el espacio continental, sostiene
divergencias con el fragmento de sí misma que
se inscribe dentro de los límites insulares.
Si en “La más prohibida de todas”
hay un cierre que se pretende esperanzador (los cuerpos
se encuentran y se identifican en la lengua común
y las estrategias amatorias); en “La semilla
más honda del limón” asistimos
al desencuentro de los mismos cuerpos que se saben
ahora imposibles de amar porque la misma historia
nacional de la que han participado desde vórtices
desiguales traspasa su función como escenario
de fondo y desemboca en la intimidad de las protagonistas.
Sus historias de vida están ampliamente conectadas
con el referente histórico que las supera.
Inscritas en él, los rostros de la identidad
nacional que representan se aíslan por reescribir
la Historia de manera disonante. El encuentro homoerótico
es así un elemento que la escritora explora
desde la dualidad que en el caso específico
de la historia nacional cubana este le brinda.
Relacionado también con su instinto de repasar
y desestabilizar la relación de sucesos de
mayor o menor cuantía épica, aquéllos
que de ordinario narra la mediática oficialidad;
hace uso del realismo sucio como moviendo estético
y elige siempre a La Habana como escenario específico
para intentar un singular e íntimo abordaje
sociológico de los años noventa.
“La vida manda” es el cuento donde más
claramente se ejemplifica lo antes expuesto. Su protagonista
es solo un producto natural de esa circunstancia temporal
e histórica que todos sabemos de antemano fue
empobrecedora para la salud y la economía,
mas no así para el florecimiento de la literatura,
especialmente la escrita por mujeres. La concordancia
entre realismo sucio y crisis encuentra en este texto
su más claro ejemplo de expresión por
la apropiación hiperbolizada que hace la autora
del movimiento estético mencionado.
La mirada de Rivera-Valdés se concibe en el
caso de este relato panóptica, irónica,
inscrita desde un afuera que asegura: una historia
tan descarnada y sórdida sólo acepta
el espacio cubano de la crisis. Ella no enmascara
los elementos que pudieran parecer obvios y recurrentes,
sino que se entrega al ejercicio descriptivo de situaciones
exageradas, casi rocambolescas en su absurdo y, aunque
parezca un contrasentido, reales. Como una sinonimia
ocasional entre lo real maravilloso, centralmente
legitimado, y lo real sucio, aún en pleno forcejeo
desde el margen.
Chupé tete hasta los siete años
y tomé leche en biberón hasta los nueve.
Esos eran mis únicos consuelos hasta que empecé
a templar. De ahí en adelante, esa ha sido
la manera de resolver todos mis problemas, físicos,
económicos y emocionales. Templando estoy desde
los doce años. Fíjate si empecé
pronto que yo dudo que eso de la virginidad exista
porque nunca fui virgen, creo yo. (Rivera-Valdés:
205)
Apreciamos aquí que este es un relato donde
no se renuncia a casi nada. Están las típicas
exploraciones por el ámbito de la memoria,
las subjetividades adheridas a la experiencia de los
cuerpos sexuados y marcados psicológica y socialmente
en su devenir genérico, la esperada revisión
de lastres y flagelos que la crisis económica
posterior a la caída del muro de Berlín
trajo a países con economía socialista,
el discurso político y la experiencia del exilio.
Más el componente homoerótico y el incesto.
En el caso específico del incesto se dan varios
cruzamientos importantes. El mayor de todos, el hecho
de que Obdulia, (amiga de Martica – la hija
de Marta Veneranda) esté marcada por la pobreza.
La serie de episodios de hambre y desamparo determinan
el final incestuoso.
Como única resolución posible, vuelve
la hija a la casa de la madre para buscar en ella
lo que no tuvo en la infancia:
Y ahora hasta se acabaron las habladurías del
barrio, ya no hay chismes. ¿Te imaginas? Todo
el mundo fascinado con que yo esté allí,
con que la cuide. Soy la hija pródiga. La verdad
es que esta es la primera vez en la vida que me cuida,
que me hace unos frijoles como Dios manda, espesitos
y todo. (…) tengo el problema de la casa y la
comida resuelto.(…) para entender eso hay que
haberse visto durmiendo en la calle. Tú sabes
lo que es que esta es la primera vez en mi existencia
que mi madre me abraza cuando se lo pido, que me abraza
sin que se lo pida, que me pide que la abrace.
(Rivera-Valdés:225)
El incesto, asumido desde el desparpajo y la conveniencia,
(con todo y el trasfondo doloroso que se advierte
en el fragmento recién citado) es la piedra
de toque que desarticula todo el sistema esencialista
con que la imagen de la mujer ha sido construida.
Los referentes míticos de la madre y de la
hija quedan descompuestos y reorganizados en un esquema
de valores que por principio desmorona el binarismo
cristiano del pecado y el castigo. En la casa de la
madre - quien pasa del status tiránico de quien
ha abandonado, expropiado y castigado el cuerpo y
la mente de la hija al status benéfico de la
amante que se brinda con su cuerpo y otros alimentos
al mismo cuerpo que antes lastimó- encuentra
la protagonista el único refugio a su hambre
y su estadio como homeless. En un juego harto simbólico
y harto provocador Rivera-Valdés resume su
poética narrativa.
Su exquisito regodeo en la descripción de situaciones
tensas, el repaso de las circunstancias nacionales
mediatizado por la experiencia de la migración,
la obsesión por centralizar historias íntimas,
prohibidas, aquéllas en donde las mujeres puedan
reconocer algunas de las escenas históricamente
imposibles en las producciones de Hollywood y también
en las estanterías de bestsellers; son algunas
de las claras señas con que Sonia Rivera-Valdés
ha ido trazando el camino de su irreverente narrativa.
Siendo una autora que se escapa por razones etáreas
de la que podría ser nominada como “generación
de los noventa”, ella actualiza y recicla los
discursos tópicos de ese mismo grupo sin renunciar
a sus propias obsesiones. Su yo fracturado consigue
reedificarse en la escritura, porque es justo allí
donde puede fusionarla a los recursos de la oralidad
(como forma primigenia a la creación de realidades
y esencias, más la identificación de
dichos recursos con el ámbito íntimo
de las mujeres). Este ejercicio de mimesis aparece
potenciado en los dos libros de la autora. Así,
lo convierte en un recurso doble. Por una parte asegura
su colocación dentro de una genealogía
nada despreciable de mujeres que han hecho del relato
oral su primer recurso formal al enfrentar el hecho
literario y por otra con dicha identificación
parodia una vez más el viejo axioma freudiano
sobre la mujer histérica y fálica, envidiosa
del poder y la voz del padre. Rivera-Valdés
construye y hasta deconstruye la voz de la madre que
es además de posible, la que más le
interesa. Recoge esa voz desperdigada, inscrita en
el aire y la transcribe. Tarea necesaria, como sus
cuentos, como ella misma.
Mabel R. Cuesta es crítica literaria y
reside en Cuba.