Escenas para turistas ofrece una visión de la sociedad cubana, a fines del siglo XX, descarnada, desprejuiciada y honesta, desde la óptica de una protagonista que considera que "a causa de la marginalidad, la ilegalidad, y las etcéteras, vivo esquivando". Es una realidad social descrita sin tapujos, exenta de la idealización del paraíso prometido por la revolución en sus primeros años y de la satanización proclamada por los opositores acérrimos del proceso revolucionario.
La protagonista de Escenas para turistas, utilizando la bicicleta vieja que se rompe con frecuencia, la guagua que se demora eternamente en llegar, el tren que siempre está a deshora, el avión que casi pierde, "por culpa de un cafecito", para viajar hasta Baracoa, en el extremo oriental de la isla, o a algún chofer caritativo que se detiene para acercarla a su destino, se mueve y describe: La madre, "en medio de una sala rota, ella deshuesada y seca", la panadería, en la que debe esperar el pan que le toca, "bolita semicruda de harina", entre los viejos del barrio, quienes han perdido casi todos los dientes", la visita al hospital, donde la narradora tiene el número 126, van por el 4 y son las once de la mañana, la terminal de trenes, donde "hasta las doce del mediodía no pasa nada que nos lleve. "Estamos en medio de un montón de gente con paquetes, niños y perros como si todo fuera lo mismo. Una cafetería estrecha y sucia anuncia sus pizzas flacas a tres pesos", "las putas [que] reaparecen chorreadas a las seis de la mañana."
Esta mujer, cuyo cuerpo viaja de un punto a otro
en el espacio y el tiempo, sicológicamente
es un ser estático que se analiza obsesivamente
a sí misma y su entorno con un pensamiento
incesante y circular, donde se repite como una antífona
que tiene hambre, un hambre que trasciende la necesidad
física de alimento, analiza el efecto que le
producen las drogas, cualquier droga, incluyendo el
alcohol, y se repite que no sabe qué hacer
con su vida. Sus reflexiones sobre las razones para
actuar como lo hace poseen una lejanía de la
acción, como si las emociones de la narradora
estuvieran embotadas y su reflexión lógica
fuera hipersensible. Sus sofisticadas reflexiones
intelectuales corresponden a las de una mujer educada,
pero está incapacitada para expresar su dolor,
y menos su amor. Capacitada para hablar de su sexualidad,
pero no de su sensualidad. En muy breves ocasiones
habla de amor y cuando lo hace nunca es directamente
a la persona amada, sino en una situación en
la que la amante no está presente y ella la
extraña. Este viaje interno, de igual o mayor
intensidad que el externo, hace de Escenas para
turistas un libro doblemente memorable y de imprescindible
lectura.