ESSAY 	El Perú no es sólo Machu Picchu
	Sonia Rivera-Valdés
	
	No conozco una persona que conozca la existencia de Machu Picchu, y posea los medios económicos para hacerlo, que no sueñe con visitarlo. Símbolo fundamental del Imperio Inca, Machu Picchu fue declarado por la UNESCO en 1973  Herencia de la Humanidad y en julio del 2007 ha sido nombrado, en una ceremonia celebrada en Lisboa, Portugal, como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo. Aún sin conocer estos honores, ver una foto de las ruinas en cualquier revista o en el Internet es suficiente incentivo para querer contemplarlas en vivo. 
	Este verano del 2007,  justo el día en que declararon a Machu Picchu Maravilla del Mundo, me encontraba en Perú. Por supuesto, el objetivo principal de mi viaje era visitar las ruinas, adonde llegué después de pagar los $113.00 que costó el viaje de tres horas en un tren con tragaluces en el techo para admirar mejor la grandeza de los Andes, que va de Cusco a Aguas Calientes, el pueblo más cercano a Machu Picchu, de tomar en Aguas Calientes un autobús que por $12.00 me llevó hasta la entrada y de pagar los $40.00 que costó el acceso a las ruinas. Fue un viaje en el que el pensamiento de lo difícil que tiene que ser para la mayoría de los peruanos visitar su Maravilla, debido al alto costo del transporte y de la entrada, empañó el paisaje idílico. Finalmente, después de ascender hasta el punto desde donde puede verse la construcción completa, la magnitud y esplendor de la ciudad, aun estando en ruinas, me dejaron con la boca abierta, literalmente. Sin embargo, al regresar a Nueva York tenía grabadas en la memoria, tal vez con más fuerza que la de Machu Picchu, otras imágenes del Perú. Y es que con este viaje me sucedió lo mismo que con otros que he hecho a lugares a los que generalmente se refiere la gente como imprescindibles  de ver antes de morir. Llego al un sitio toda ilusionada para ver algo determinado y cuando la visita se convierte en memoria los recuerdos que aparecen con regularidad, en primer plano, son escenas y situaciones que han relegado al trasfondo de mi visión interior las que esperaba conservar nítidas. Cuando fui a Nuevo México llevaba como motivo principal ver los paisajes que Georgia O’Keefe pintaba. Los vi, preciosos, pero el recuerdo más fuerte que traje del viaje fue la presencia de los nativos americanos en los hoteles de lujo, reducida  a la limpieza y la cocina. Antes de dormirme leía el verso que había puesto la camarera sobre la mesa de noche, tomado de la cultura tewa, impreso en un fino papel,  observaba los diseños tradicionales indígenas de las cenefas que adornaban los techos de la habitación y a la mañana siguiente veía a los herederos de quienes pensaron lo que las tarjetas decían, y crearon los diseños de las cenefas, desempolvando las mesas de noche y las cenefas del techo. 
	 De París, El monumento a la Comuna, en el cementerio Père Lachaise, viene  a mi imaginación con mucha más frecuencia que la catedral de Notre Dame.
	 De Galicia conservo indeleble el paisaje de las aldeas deshabitadas que contemplaba desde la ventanilla del tren mientras me preguntaba si el gallego carbonero que, en la playa de Santa Fe, compraba los cinco tabacos que a mi padre le daban a diario por trabajar como tabaquero en la fábrica Gener, cuyo dueño tengo entendido que era asturiano, habría nacido en una de aquellas aldeas, vacías ahora. El dinero de aquellos cinco tabacos compraba la carne que comíamos mi padre, madre, hermano y yo durante cinco días de la semana. En Santiago de Compostela visité por tres días seguidos, los únicos tres que permanecí en la ciudad, la Catedral, para ver el bota fumeiro, que yo pensaba soltaba humo permanentemente y después Paquita, mi amiga asturiana, me dijo que sólo funcionaba en los años de jubileo. Dichosa que me puse, dijo ella. 
	De mis viajes a República Dominicana recuerdo muchas cosas, pero entre ellas se destaca la Fiesta de Palo a que asistí en el barrio de San Cristóbal. Más de mil personas, apiñadas en un gran patio, que bailaban y bebían y que, en medio de aquella barahúnda, se tomaron el trabajo de traernos sillas a quienes representábamos a la organización Latino Artists Round Table, y nos invitaron a subir a la tarima para que les entregáramos el diploma que les traíamos para felicitarlos por su labor en la conservación de la cultura tradicional dominicana. Y de Asturias, recuerdo la estatua a La Regenta en Oviedo, pero mi recuerdo más querido es del pueblo Grullos de Candamo, cuando Pilar y José me mostraron los carneros que criaban y Pilar dijo que claro que los querían, ellos personalmente no podían matarlos, pero qué se le va a hacer, hay que comer.
	
	Cuando Jacqueline y yo, que viajamos juntas, anunciamos nuestros planes de ir a Perú, amigas y amigos se mostraron entusiasmados y nos recomendaron cautela: Lima es una ciudad peligrosa, que tomáramos un avión lo más pronto posible rumbo a Cusco; ese sitio sí es lindo y hay cosas que ver, tan sólo una hora de Lima por avión. De ahí vayan directo a Machu Picchu. Pero nosotras llevábamos en mente nuestro plan de viaje, del que era difícil apartarnos. Tan difícil que no viajemos en autobús o barco, siempre que podamos, como disuadirme porque es muy peligroso llevarlas, para que me despoje de las veinte cadenas con dijes y medallas que me cuelgan del  cuello desde hace más de treinta años. Ni cuando estuve en las montañas de Guatemala y las niñas venían en bandadas a tocarlas y pedirme que se las regalara me las quité, aunque quien me acompañaba se pusiera nerviosísima por mi negativa a desnudarme el cuello. Al menor descuido me las arrancarían. Nadie lo intentó aunque no  regalé ninguna. Otras cositas sí, pero mis cadenas no. No, porque una de ellas, la más vieja, me la regaló mi hijo Chuchi cuando tenía trece años y tiene ahora cuarenta y ocho y otra, con un dije que es un árbol de la vida, me la trajo Berta Hiriart de México en 1987 y otra… bueno, cada una carga su historia. 
	En este viaje a Perú viajaríamos en autobús porque estamos convencidas de que es la mejor forma de conocer un lugar cuando vas a pasar en él escasos días y así lo hicimos.
	 Mi mamá decía que cada cual habla de la feria como le va en ella. Estas son mis impresiones de ese viaje. Lo que no olvidaré.
	Nadie nos robó ni intentó hacerlo; al contrario, a toda persona a quien pedimos orientación fue extremadamente solícita, no sólo alrededor del Señorial de Miraflores, hotel en que nos quedamos, situado en un barrio donde las casas son grandes, bien pintadas, con jardines cuidados por manos expertas y en los edificios de rejas altas y portero hay ventanales de cristal de lado a lado de la pared. También en el Barrio Chino de Lima fueron gentiles.  Llegamos allí casi por azar, tratando de alcanzar la Plaza de Armas, con la intención de ir a la catedral pero las calles que dan acceso a la plaza estaban cercadas por el ejército, armados los soldados de pies a cabeza con el equipo antimotines. El pueblo se reunía alrededor de ellos pidiendo paso para  llegar incluso a sus trabajos. No permitían pasar. Pregunté a unas mujeres qué pasaba. Estaban impidiendo que los manifestantes se congregaran en la plaza, así no se veía cuántos eran. Son muchos, muchísimos, me dijo. Ante la imposibilidad de cruzar aquella barrera nos dirigimos a una mujer policía para preguntarle cómo llegábamos al Barrio Chino, que sabíamos cercano. Nos miró asombrada. “¿Ustedes quieren ir allá?”. Almorzamos en un restaurante de una calle peatonal donde las tiendas tenían los mismos artículos que en el Barrio Chino de Nueva York y al salir de esa calle nos dirigimos a otras en las que entramos en varios pasillos casi sin luz que conducían a patios interiores donde vendían vegetales chinos, jengibre, setas y otros productos de uso en la comida china. Los aledaños al Barrio Chino estaban poblados por gente subempleada que vendía caramelos, hebillas para el pelo, cuchillas de afeitar, juguetes y otras mil chucherías, estaban también los que compraban y gente que no vendía ni compraba: vagaba, y mujeres que pedían limosna sentadas en las aceras con niños sobre las piernas. Compramos una bolsa plástica a un vendedor ambulante que nos pidió un solcito por ella. Menos de $0.33. 
	Es curioso que en la guía de lugares interesantes para ver en Lima, que aparece en un mapa que compramos en una librería cercana, no está el Barrio Chino y sin embargo el Barrio Chino de Nueva York, el de Los Angeles, el de La Habana son considerados atracciones turísticas.  
	Esperando el autobús que nos conduciría de Lima al Cusco estaba sentado frente a nosotros un hombre que al escucharnos hablar nos preguntó si éramos cubanas. Por supuesto, él también lo era. Tenía cuarenta y pico de años largos, nombre ruso y era médico de profesión. Vivía en Lima desde hacía un año. Legó invitado a pasar dos semanas y se quedó con la esperanza de que su estancia en Perú será puente hacia Miami. Ahí lo espera un primo. Una mujer muy conversadora, sentada a mi lado, con destino a Ilo, un puerto en el sur del Perú a dos horas de Chile adonde iba para vender la mercancía que llevaba en varias cajas, pero para evadir los impuestos decía que eran artículos para su familia, con su simpática conversación trataba de que la ayudáramos a pasar las cajas como nuestras. Al escuchar al cubano comentó lo terrible que debe ser vivir en Cuba por la falta de libertad. Cuando terminó su comentario, que él escuchó atento, con los ojos entrecerrados como para prestar más atención, le dijo: ”Mira amiga, la gente se va de Cuba como tú puedes irte de Lima a Ilo, para ganar más dinero. Eso de la falta de libertad es un cuento”. 
	La hora de salida del autobús era las cinco de la tarde. Salimos a las siete y nos anunciaron veinticinco horas de viaje que se redujeron a dieciocho porque tuvimos que interrumpir la travesía en Arequipa. La carretera al Cusco estaba bloqueada. Bloqueada por manifestantes que protestaban por la privatización del agua. Esto fue lo más preciso que nos dijo la empleada que anunció la interrupción del viaje en la estación de Arequipa y que el paro era indefinido. Terminamos en La casa de Jael, un hospedaje en la calle Regional, cercano a la impresionante Plaza de Armas de la ciudad, en una habitación por la que pagamos menos de $20.00 la noche, con piso, muebles, toallas y sábanas inmaculadas, buenas frazadas porque el frío era intenso, baño privado y agua caliente en la ducha por cinco minutos. La mañana siguiente, para dar tiempo a que apareciera una forma de llegar al Cusco, nos fuimos en una excursión de dos días al Valle del Colca, un lugar cuya existencia ignoraba y que después de verlo espero se le haga justicia y aparezca cualquier día en una lista como otra de las maravillas del mundo. Estuvimos en el cañón del Colca, más profundo que el de Colorado, vimos cóndores y vicuñas y en un lugar a casi 4,000 metros de altura, en donde el aire es muy fino y cuesta trabajo respirar si te ha tocado nacer y vivir en tierra llana, conocí las apachetas, cuyo encuentro me impresionó de tal modo que pasé el resto del viaje con la frente recostada al vidrio de la ventanilla del autobús para no perderme las que iban apareciendo a la orilla del camino. Las apachetas son unos montículos de piedras de diferentes tamaños que construyen en forma de pirámide y tienen función ritual. Generalmente son piedras de colores claros y con frecuencia tienen el objeto de rogar por un buen viaje, petición que indica gran sensatez pues basta un paseo por aquellas carreteras esculpidas en el borde de las montañas, con el abismo del otro lado, en una tierra que tiembla a cada rato, para sentirse impulsada a pedir a los dioses que te protejan en el tránsito. La mujer que nos acompañaba como guía de turismo explicó que los indígenas construían las apachetas en la antigüedad por devoción y ahora lo continúan haciendo por tradición. Para mí, esa es una explicación para turistas. Claro que lo hacen por tradición porque han crecido viéndolo hacer, pero hay mucho más que eso. Por tradición prendo yo una vela todos los lunes a Elegguá, pero cuando la estoy prendiendo le pido que me muestre, a mí y a todos los que quiero, sólo los mejores de sus caminos y que me conceda a mí y a todos los que quiero la inteligencia y la sabiduría de escoger entre esos mejores caminos, el mejor: El llano, el recto, el protegido, el limpio. Estoy segura de que quienes preparan las apachetas además del buen viaje, piden salud, el pan de cada día y que la venta sea próspera; por algo había apachetas junto a los lugares donde exponían sus artículos para vender. Aquel lugar en el valle del Colca, a casi 4000 metros de altura, es un santuario impresionante. 
	Si algún día regreso a Arequipa visitaré dos lugares tan pronto deje las maletas en La casa de Jael: El mercado de San Camilo y el convento de Santa Catalina. Al mercado nos advirtieron que no fuéramos, era peligroso. Grande, y colorido, además de los vegetales, carnes, unos quesos riquísimos y los demás productos que es costumbre encontrar en los mercados, allí hay unas tiendas donde encontramos una multiplicidad de alimentos naturales como maca, linaza, una combinación para consumo humano de alpiste con maca y linaza que jamás había visto antes, perfumes para atraer salud, dinero y amor. Las vendedoras estaban muy informadas de las propiedades de lo que ofrecían a la venta y una de ellas nos regaló un amuleto a cada una, una botella diminuta llena de piedras de colores claros. Yo la tomé como una apacheta en miniatura. 
	El Monasterio de Santa Catalina de Siena vale, por sí solo, un viaje a Perú. Fundado en 1579,  desde entonces ha albergado a monjas de clausura. Para tener una idea de la magnificencia del convento, basta mencionar un salón en cuyas paredes cuelgan retratos al óleo, pintados después de muertas, de monjas que habitaron el convento, el cementerio privado, la lavandería, compuesta de enormes tinajas de barro cortadas a la mitad para servir de lavaderos y la paz suntuosa que se respira en los jardines. Es una ciudad dentro de la ciudad de Arequipa, con calles con nombres como Toledo y Sevilla, donde están ubicados los apartamentos de las monjas, cada uno con más de una habitación y su cocina. Para que las monjas tuvieran tiempo practicar sus obligaciones religiosas se les permitía tener hasta cuatro sirvientas. Supongo que las sirvientas irían al cielo directamente, como premio a lo mucho que pasaban en esta vida. 
	Después de tres días en Arequipa conseguimos transportarnos por autobús hasta Cusco, en un viaje de once horas que partió puntual, a las siete de la noche, y costó $12.00. La mayoría de los pasajeros, gente pobremente vestida que se veía muy cansada, algunos con un fuerte olor a alcohol, se durmió en lo que esperábamos la salida. Con casi todos los asientos ya ocupados subieron dos mujeres al autobús, una que podía ser la madre de la otra, una niña y dos niños. La niña tendría aproximadamente 8 años, el mayor de los niños 10 y el más pequeño 4 ó 5. Había sólo dos asientos vacíos. La más vieja ocupó uno y la joven sentó al niño más pequeño, que inmediatamente se durmió, en el otro. Ella, la niña y el otro niño permanecieron de pie hasta que el autobús arrancó. Entonces extendió sobre el piso del pasillo unas mantas que traía colgadas del brazo y acostó el niño y la niña. Una detrás del otro. Ella viajó recostada al espaldar de algún asiento del frente y cuidando que los niños no se lastimaran, con una paciencia que no creo Santa Teresa haya sido capaz de superar. Ni yo ni ninguna de las personas sentadas en la parte del centro del autobús, ocupada por los durmientes del pasillo, podíamos movernos de nuestros asientos,. Si alguien trataba de levantarse con la intención de ir al baño, sin replicar volvía a sentarse tan pronto uno de sus pies tropezaba con los pequeños cuerpos. Creo que a los demás, como a mí, los hubiera avergonzado quejarse. Aquella mujer estuvo de pie por once horas en un autobús bamboleante. 
	Después del viaje a Machu Picchu tuvimos que irnos del Cusco para Lima un día antes de lo planeado, debido a un anuncio de huelga general que comenzaría al día siguiente e iba a paralizar el transporte por tierra y aire. 
	El día anterior a nuestra salida para Nueva York nos encaminamos por la mañana a un mercado de artesanías cercano al Hotel Señorial, después de tomarme dos tazas del buen café que sirven en el desayuno. Rumbo al mercado de artesanías, en una de las calles principales, estaba sentada en la acera una mujer con una mano extendida para pedir y con la otra sujetando un niño contra su pecho. Aunque la cara del niño era tan pequeña que aparentaba menos edad, el tamaño de su cuerpo indicaba unos tres años ya que las piernas no se acomodaban completamente sobre la falda de la mujer y colgaban sobre la acera. Pasamos a su lado, fuimos al mercado de artesanías, intentamos llegar hasta la catedral, no pudimos por estar rodeada por el ejército, almorzamos en el Barrio Chino, compramos la bolsa plástica al vendedor ambulante por un solcito, regresamos al hotel y allí preguntamos dónde podíamos comprar café para traer de regalo a Nueva York. Desde nuestra salida de la mañana habían pasado cerca de ocho horas. Para llegar al supermercado, uno de los más suntuosos que he visto, tuvimos que caminar por la calle que habíamos caminado en la mañana rumbo al mercado de artesanías y allí, en la misma acera, en la misma posición estaban la mujer y el niño, ahora soportando la llovizna de la tarde. Un cernidito habría dicho mi mamá, la garúa de las tardes de Lima, dijo Rocío Silva al mencionar aquella lluvia fina. Miré bien a la mujer para cerciorarme de que era la misma y lo era, pero lo más sorprendente era que tuviera aún al niño en brazos, el mismo niño, en la misma posición. No era posible, ninguno permanece inmóvil por tantas horas. Anduve las cuadras que me separaban del hotel barajando posibilidades. Ella cambiaba el niño, estaba moribundo, de ahí su inmovilidad, se habían ido de la acera en las horas en que no los vi. No sé, lo cierto es que ahora, al recordar a Perú veo con igual o más claridad que las imágenes de Machu Picchu, del Monasterio de Santa Catalina, del Valle del Colca, la imagen de la mujer de la mujer y el niño en la acera de Lima, a  la paciente madre del autobús de Arequipa a Cusco con sus niños durmiendo en el pasillo y a una niñita de tres años llamada Ruth que conocí en la plaza de la catedral de Chivay, la capital de los catorce pueblos del Valle del Colca. Frente a la plaza de la Catedral había un establecimiento que se anunciaba como librería. Entré porque quería ver qué libros tenía. En realidad era una tiendita que vendía libretas, lápices, gomas de borrar, cinta de pegar y otros artículos para la escuela y en una pared frente al mostrador donde la vendedora atendía los clientes se encontraba un estante con unos pocos libros de bolsillo, ediciones abreviadas de Los miserables, La vida es sueño, La divina comedia y algunos más impresos en una letra muy chiquita y con unas portadas de colores tan vivos y diseños tan pintorescos que parecían libros infantiles. La Beatriz de la portada de La Divina Comedia es una niña rubia con cara de angelita pícara, vestida de amarillo canario con alas azul pavo. Compré dos libritos por $0.45 cada uno y con ellos en la mano crucé la calle y me senté en un banco de la Plaza. Inmediatamente se me acercó una niña, atraída por los libros, y me pidió verlos con los gestos, no con palabras. Tras ella se acercó una mujer que resultó ser la mamá y otra niña más pequeña que ella, su hermanita. La mayor tenía tres años, dijo la madre y aunque su tamaño concordaba con lo que la mujer decía, por su locuacidad aparentaba cinco, si no más. La hermanita tenía año y medio y las tres vestían con trajes típicos, es decir, faldas multicolores y sombreros. Las dos niñas eran color de melocotón, como es frecuente entre la gente por aquellas regiones, y tenían las mejillas quemadas por el frío, como también es frecuente entre la gente por aquellas regiones. Comenzamos a conversar y yo al ver la niña, de nombre Ruth, tan entusiasmada con los libros, le ofrecí cruzar la calle y comprarle uno. La madre me dijo: ”Ay, no, que los rompen, más bien plata”, pero la niña engurruñó la cara y comenzó e jeremiquear. Miré a la madre pidiendo aprobación y le dije a la niña que se lo compraba. En la tienda, la cargué para que pudiera escoger un libro del estante, y después de una ojeada rápida agarró La divina comedia y me dijo que aquél porque era igual al mío. Después buscó uno para su hermanita. Salimos de la tienda, di algo de plata a la madre y continué caminando. Volví a verlas al otro lado del parque, me acerqué a ellas y le dije a la madre: ”Manda esa niña a la escuela, es muy inteligente” y le expliqué lo rápido que había identificado los dibujos del libro mío para pedir uno igual. Sonrió, no dijo nada y seguí andando. Cuatro o cinco metros más adelante siento que me halan por el pantalón y es Ruth. Me detengo, la miro, me muestra su librito y pregunta: “¿Para qué es esto?” 


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